sábado, 11 de enero de 2025

La gracia divina del enchufe celestial

Hay cosas que molestan, pero parece que sólo a los que no estamos tocados por la gracia divina del enchufe celestial. Como el caso de David Sánchez, hermano del presidente Pedro Sánchez, cuyo nombramiento como jefe de la Oficina de Artes Escénicas generó más preguntas que respuestas. No porque sea un genio desconocido de la gestión cultural, sino porque, según se dice, el señor no pisaba ni su puesto de trabajo. De hecho, ni siquiera tenía un despacho asignado.

Aquí es donde la indignación personal entra en escena. Yo, un simple mortal —mindundi, para ser exactos—, tengo al menos una mesa en mi trabajo. No un despacho con vistas ni un sillón ergonómico de cuero, pero sí una mesa con su silla "normal". ¿Por qué? Porque trabajo. Me levanto, me presento, hago lo que me toca y, de paso, justifico mi sueldo. Mientras tanto, otros parecen flotar en una nube de inmunidad laboral, cobrando como si fueran imprescindibles, pero sin dar señales de vida.

No es por ser malpensado, pero ¿de verdad no había nadie más cualificado para dirigir esa oficina? ¿O alguien con una poquitica gana de aparecer al menos de vez en cuando? ¿Alguien que no compartiera apellido con el presi? Ese puesto de "trabajo" en La Oficina de Artes Escénicas, ese misterioso ente, se ha convertido en un escenario de ironía pura: una obra de teatro con personajes que cobran por no actuar.

Bueno, al final, lo de David Sánchez no sorprende tanto como debería. En este país, el apellido correcto abre más puertas que un currículum impecable. Y mientras algunos seguimos apilando tareas en nuestras mesas sin despacho y sin vistas, los "hermanísimos" se dedican a no aparecer en el suyo. Porque, al parecer, trabajar está sobrevalorado.

¿Solo me molesta a mí? Quizás no. O quizás si.



miércoles, 18 de diciembre de 2024

¡Ay, la Navidad!

¡Ay, la Navidad! 

Esa época mágica del año donde la luz del árbol apenas logra iluminar la oscuridad de ciertos espíritus. Mientras las calles se llenan de luces y los villancicos resuenan por doquier, ahí están ellos: los aguafiestas profesionales, expertos en el arte de convertir cualquier celebración en un seminario de quejas.

Primero, tenemos a los certificados, esos que empiezan con su mantra: "Es que a mí no me gusta la Navidad por eso o lo otro". Sí, ya sabemos que odias el turrón, los villancicos, el espumillón y hasta hasta al Papa de Roma. Lo has repetido tantas veces que Santa está considerando dejarte carbón solo por cansino. Pero, ¿y si este año sorprendes al mundo y disfrutas de algo, aunque sea de un polvo... rón? Piénsalo.

Luego están los profesionales de la ingratitud, los que se quejan de la cesta de Navidad: "¿Solo esto? ¿Un queso y una botella de vino?" Querido desagradecido, ¿acaso esperabas que te incluyeran una estancia en las Bahamas y un vale por un año para cenas de lujo? La cesta es un gesto, no el Plan Marshall. Aprende a sonreír y agradecer aunque solo fuera una bolsa de almendras garrapiñadas.

Pero no olvidemos a los amantes de la jarana destructiva, esos que solo saben “disfrutar” si están abrazados a una botella. Porque, claro, parece que la alegría navideña no puede existir sin un buen coma etílico de por medio. ¿Qué tal si probamos un año sin emborracharnos hasta confundir a Papá Noel con un semáforo? Quizá descubras que el verdadero espíritu navideño no se sirve en copas, con hielo.

Ah, y aquí llega mi grupo favorito: los escapistas emocionales. Para ellos, nada dice "Feliz Navidad" como huir de casa para una fiesta con los amigos, dejando al pobre abuelo mirando el televisor apagado porque no sabe usar el Smart TV y a la abuela cocinando para una legión. Noticias frescas: el mejor fiestón no es el que tiene más ponche y reguetón, sino el que tiene más corazón, anécdotas viejas de un viejo cascarrabias y una abuela preocupada si ya comiste suficiente.

Y, por supuesto, están los quejicas filosóficos: "Es que la Navidad es demasiado comercial. Solo consumismo." Ah, sí, lo dices mientras sostienes tu smartphone de última generación, ese que te regaló el consumismo el mes pasado. ¿Podemos hacer un trato? Tú bajas un poco tu nivel de cinismo, y yo prometo no obligarte a comprar una bufanda nueva o unos calcetines navideños.

En resumen, si algo me molesta de la Navidad, no son las luces brillantes ni los villancicos repetitivos, sino esa gente que parece empeñada en ser el Grinch (con todo mi cariño por el personaje) del siglo XXI. La Navidad es lo que haces de ella. Puedes disfrutarla con risas sinceras, abrazos y comerte un mazapán o alguna que otra galleta, o puedes pasarte el mes entero encendiendo el fuego de tu propio mal humor.

Pero ¿sabéis qué? Que se quejen, si no pueden vivir de otra manera. Que refunfuñen, que gruñan, que tiren su bilis navideña al viento. Tú y yo seguiremos disfrutando, cantando villancicos desafinados, comiendo turrón como si no hubiera un mañana y abrazando a nuestros seres queridos. Porque, al final del día, la Navidad es un regalo. Y si hay algo más navideño que aguantar con una gran sonrisa a los quejicas, aún no lo he descubierto.

Felices fiestas a todos... incluso a los que se sienten aludidos y ahora mismo están pensando si insultarme o amarme...

¿Solo me molesta a mi?...


viernes, 6 de diciembre de 2024

La extraña pareja (Un cuento de Navidad)

La noche era densa, casi palpable. Las sombras se estiraban bajo el peso de la luna llena, que flotaba alta como una calavera colgando del cielo invernal. Los habitantes del mundo de los vivos celebraban una Navidad más, con risas huecas, falsos abrazos y promesas vacías envueltas en brillantes lazos rojos. Todos los años bajaba por el Árbol para espiar ese mundo paralelo al nuestro, observando con esa mezcla de repulsión y curiosidad que siempre me producía su extraña festividad. Aun así, el invierno no podía disfrazar la hipocresía de sus corazones. La Navidad estaba podrida, y nadie parecía notarlo.

Excepto yo.

Mis huesos crujieron bajo la nieve cuando me acerqué al Árbol de la Vida Navideño, el gran corazón de su mundo, su último refugio de esperanza... pero algo andaba terriblemente mal. El árbol, que en años anteriores había brillando, ahora se notaba enfermo. Las hojas, antaño verdes y resplandecientes, ahora eran grises, secas, caían al suelo como lágrimas de un espíritu moribundo. Cada ramita parecía implorar ayuda, pero nadie escuchaba. Nadie miraba. Ni siquiera Papá Noel, perdido en su propia burbuja de caos y superficialidad.

Solo yo.

Seguí el sendero marcado por el frío, buscando respuestas que no sabía si quería encontrar. Y entonces, el bosque susurró, o tal vez fue algo más oscuro que me arrastró hasta un portal escondido entre los árboles muertos. Algo extraño, algo... diferente. Atravesarlo fue como hundirme en un abismo de hielo y oscuridad.

Caí, literalmente, en una cueva. Estaba húmeda, helada, y desprendía un hedor de descomposición y desprecio. Cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra, lo vi: El Grinch. Había oído hablar de él y él también parecía conocerme, aunque no personalmente. Verde, huraño, con su rostro arrugado como un pergamino viejo lleno de odio hacia todo y todos, y sin embargo, allí estaba, mirándome con esos ojos amarillos y amargados que parecían compartir mi misma desesperación.

—¿Qué haces aquí, saco de huesos? —gruñó con su voz llena de ácido y desdén.

—Vine por el árbol —le respondí, sin rodeos. La conversación era inútil entre nosotros. Los dos lo sabíamos. Estábamos más allá de las palabras. El Árbol de la Vida Navideño se marchitaba, y solo alguien como él, que conocía el corazón podrido de la Navidad, podía entenderlo.

El Grinch bufó, una mezcla de rabia y resignación, y se giró hacia la oscuridad de su cueva. En el rincón más profundo, una ventana solitaria daba al exterior. Desde allí podía ver las luces de la ciudad, de la Navidad, chisporroteando como fuegos fatuos en la distancia. A ellos no les importaba. Ninguno sabía que el fin estaba cerca, que el árbol moría porque ellos mismos lo habían dejado morir.

—Está condenado —susurró el Grinch, más para sí mismo que para mí.

Pero yo no podía aceptarlo.

Le expliqué que el Árbol aún podía salvarse. Aún había una chispa de vida, apenas visible, pero allí estaba. Para restaurarlo, necesitábamos lo que la Navidad había perdido: auténtica bondad, no la basura superficial que la gente se intercambiaba como monedas de cobre. Él, como yo, sabía que esto era una causa perdida, pero algo, quizás el vacío que compartíamos en nuestros pechos, nos empujó a intentarlo.

—Haremos esto a nuestra manera, Grinch. No por ellos, sino por lo que significa la vida que queda en ese árbol.

Juntos, una pareja extraña pero inevitable, nos adentramos en la profundidad de la noche, donde las risas se transformaban en ecos y las luces de las casas parecían tan distantes como las estrellas en un cielo indiferente. Caminamos entre las sombras, mientras el aire se volvía cada vez más pesado, como si el mundo mismo reconociera que lo que estábamos por hacer no era un acto de amor, sino una ofrenda oscura. 

Llegamos al Árbol de la Vida Navideño. Estaba agonizando, con las ramas rotas y caídas, cubiertas de escarcha negra que lo envolvía como una mortaja. Sus raíces apenas latían con energía. El Grinch me miró, y pude ver en sus ojos el reflejo de una Navidad que él había rechazado durante tanto tiempo.

Pero no era esa la Navidad que salvaríamos. No la de los regalos, ni las falsas promesas, ni las sonrisas pintadas. Era la Navidad que quedaba oculta bajo la superficie, aquella que había sido devorada por las expectativas y el egoísmo.

Con nuestras manos —huesudas las mías, peludas y fuertes las de él— empezamos a arrancar las capas de corrupción que envolvían el Árbol. Dolía, sentí como si mis huesos se astillaran con cada movimiento, como si algo se resistiera desde lo más profundo de la Navidad misma. Pero el Grinch no se detuvo, y yo tampoco.

—¿Crees que funcione? —preguntó con un tono que no había esperado, un eco de esperanza en su voz áspera.

—No lo sé —respondí. Pero no importaba. No lo hacíamos por ellos. Lo hacíamos por lo que quedaba en nosotros, por la oscuridad que compartíamos y que, de algún modo, también era capaz de crear vida.

Al final, el Árbol exhaló una luz tenue, suave, pero verdadera. Las hojas volvieron a crecer, aunque débiles. No fue un milagro. No fue una celebración. Solo fue un suspiro de alivio en una noche interminable.

Nos quedamos allí, el Grinch y yo, mirando en silencio cómo la vida regresaba lentamente al Árbol, mientras el mundo seguía su curso sin notar el sacrificio.

La Navidad estaba a salvo... pero no por ellos. Nunca por ellos. 


lunes, 4 de noviembre de 2024

La chacha

 La señora Teresa era conocida en el vecindario por su rigidez y por su desdén hacia cualquiera que considerara inferior. Cada mañana, sus días comenzaban con el ritual de revisar minuciosamente el trabajo de su empleada de hogar, Rosita, una mujer mayor y callada a quien, según ella, le faltaban modales y sentido de la limpieza. Cualquier falta, por pequeña que fuera, la encolerizaba. El polvo en los estantes, una mancha en el espejo, o una arruga en las sábanas eran motivo suficiente para que Teresa lanzara sus dardos envenenados, solapados primero, pero hirientes con el paso de los días.

—¿No puedes hacer las cosas bien al menos una vez, Rosita? —repetía con voz cortante—. Ni siquiera mereces el techo que te doy. Posiblemente me busque otra chacha, mas joven, mas competente.

Rosita, una mujer delgada y pálida, siempre bajaba la mirada y susurraba disculpas, sin rechistar. Era un misterio cómo soportaba el desprecio diario de Teresa sin quebrarse.

Pasaron meses, y Teresa comenzó a notar algo extraño en la casa. Por las noches, cuando iba a acostarse, encontraba la cama deshecha, como si alguien hubiera estado durmiendo en ella. A veces, sentía una presencia a sus espaldas, un reflejo pasajero en el espejo del pasillo o unas sombras en los rincones. Teresa empezó a sospechar que Rosita estaba abusando de su hospitalidad, que dormía en su cama cuando ella no estaba o que deambulaba por la casa a escondidas. Decidió enfrentarla.

Una noche, después de pasar horas escondida en su cuarto, por si a Rosita se le ocurría usar su cama, escuchó pasos en la cocina. Dejó su escondite y bajó en silencio, y allí estaba Rosita, de pie, en la penumbra, con la mirada fija en la ventana.

—¡Así que es verdad! —gritó Teresa desde el umbral—. ¡Por eso, últimamente, la sabana de mi dormitorio está arrugada y las cosas desaparecen de la despensa! ¡Eres una malagradecida!

Pero Rosita no reaccionó. Simplemente se giró, con una expresión sombría y extraña.

—Señora —respondió con una voz apenas audible—, usted no entiende nada.

Teresa avanzó hacia ella, pero de pronto, un reflejo en la ventana la detuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta: solo había un rostro reflejado en el cristal y no era el de Rosita… era el suyo.

El corazón le dio un vuelco, y con un escalofrío recorriéndole la espalda, intentó recordar el momento en el que Rosita había llegado a su vida, el primer día que la había contratado, la primera vez que le había ordenado limpiar el polvo de los muebles. Pero, por más que intentaba, su memoria era un vacío, como si Rosita siempre hubiera estado allí, siempre obediente, siempre resignada.

Fue entonces cuando un recuerdo vago, como un susurro en la oscuridad, afloró a su mente: un espejo, una conversación consigo misma, noches de soledad y descontento, reproches que lanzaba al vacío, un médico que le advertía de los efectos del aislamiento...

La voz de Rosita se alzó en la penumbra:

—La maldad, señora, es solo la cobardía de quien no puede lidiar con su propia vida.

Teresa sintió cómo las palabras de Rosita le perforaban el alma, cada una de ellas era un eco, una recriminación. No había ninguna Rosita. Nunca la hubo. Ella había creado esa figura en su mente, una empleada a la que podía maltratar, una excusa para descargar su desdén, su soledad y su insatisfacción.

La imagen de Rosita comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo. Solo quedaba Teresa, sola en la cocina oscura, con el eco de sus propias palabras flotando en el aire y el peso de su propia amargura aplastándola.

¿Te gustó este relato? Escúchalo narrado en el podcast de Mister Insomnia.
Disponible en:

 Spotify: https://open.spotify.com/episode/2jARaooB0qpOgH19wdGQox?si=a11E8JGuQ2e9VEzlW1cU4Q

Amazon Music: https://music.amazon.es/podcasts/5341a90b-6d95-441b-87ad-ab1f85489e54/episodes/d3d8e9a9-64ea-492d-9169-50de990fba53/el-inquietante-mundo-de-mister-insomnia-la-chacha-ciclo-historias-inquietantes-de-terror-y-de-misterio?ref=dm_sh_1yWDNoycUtXBr7E3vjrpn217e

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jueves, 24 de octubre de 2024

No hay escapatoria...

 El viento aullaba al otro lado de las ventanas, pero dentro de la casa todo era silencio. Un silencio denso, casi asfixiante. Marta se sentó en el sofá, la luz tenue de la lámpara proyectaba sombras que parecían moverse por sí solas. Había estado sintiendo esa inquietante sensación desde hacía días. Algo invisible, algo intangible, parecía acechar desde las esquinas, siempre al borde de su percepción.

Tomó un sorbo de infusión de tila, pero no le calmó los nervios. Su mente estaba revuelta, atrapada en una espiral de pensamientos oscuros que no podía controlar. Se sentía vacía, como si algo dentro de ella hubiera comenzado a desvanecerse sin que se diera cuenta. Miró su reflejo en el cristal de la ventana y, por un momento, le pareció ver otra figura tras ella. Se giró bruscamente, pero no había nadie. Solo su propia respiración agitada llenando el espacio.

“No hay escapatoria”, murmuró, como si esas palabras hubieran surgido de algún rincón olvidado de su mente. Una frase que se repetía constantemente, susurrada por una voz que no era la suya.

La sensación de que algo la observaba se hizo más intensa. Se levantó de golpe, como queriendo huir de una presencia invisible. Corrió hacia el espejo del vestíbulo y, con la respiración entrecortada, lo miró fijamente. Allí estaba otra vez. La sombra detrás de ella. Pero esta vez no desapareció. Se quedó, inmóvil, observándola. Era una figura vaga, una silueta que se desdibujaba en la penumbra, como si estuviera hecha de humo.

Marta dio un paso hacia atrás, con el terror apretándole el pecho. El ser detrás del reflejo la imitó, moviéndose con ella. Entonces lo entendió. Ese espectro que la seguía, que la observaba desde las sombras, no era otra cosa que ella misma.

Pero no era la Marta que veía en el espejo cada mañana. No, era algo más oscuro. Una versión de sí misma que había crecido en las sombras, alimentándose de sus propios miedos y egoísmos. Era la suma de cada pensamiento mezquino, cada acto de crueldad que había cometido sin remordimientos. Un vampiro moderno, una criatura insaciable que había devorado todo lo bueno que quedaba en su interior.

Marta cayó de rodillas, las lágrimas resbalaban por su rostro. Ahora lo entendía. Vivía atrapada en una prisión que ella misma había construido, con barrotes formados por sus propias pestañas, cegada por su vanidad y su creencia de que era mejor que los demás. Había buscado siempre alimentar su ego, sin importarle el daño que causaba a otros. Y ahora, su esencia se deslizaba lentamente por el desagüe del tiempo, desvaneciéndose en la nada, mientras esa otra Marta —esa sombra, ese fantasma— la reemplazaba.

Los fantasmas que creía ver detrás de las cortinas, los monstruos que la acechaban en la oscuridad, siempre habían sido su propio reflejo. Ahora lo veía claro. Pero ya era demasiado tarde.

La sombra detrás de ella sonrió, una sonrisa vacía y cruel. Marta, la verdadera Marta, había desaparecido.




sábado, 5 de octubre de 2024

Te esperaré...

 La bruma se arremolinaba sobre el camino empedrado, engullendo la figura de Clara mientras avanzaba hacia la vieja casona. Sus pasos resonaban apagados, como si el aire mismo cargara un peso que no era de este mundo. Había venido cada otoño, durante años, esperando encontrarlo.

Él, Manuel, había prometido esperarla. "Te esperaré", había susurrado aquella tarde de verano, con una sonrisa que aún ardía en su memoria. Pero el tiempo había pasado, y las estaciones, como el viento, no se detenían por promesas rotas. Clara había aprendido que las palabras se desvanecen como el calor cuando llega el otoño, cuando las hojas caen y la vida se apaga.

La casona se erguía ahora frente a ella, oscura y silenciosa, con ventanas como ojos vacíos que parecían observarla. No había más luz que la de la luna, pálida y distante, pero Clara podía sentir su presencia. Lo había sentido durante todos esos años, susurrando entre las paredes, enredándose entre las sombras del bosque que cercaba la casa.

El aire estaba frío, y con cada paso que daba hacia ella, sentía cómo el otoño cubría sus huellas con un manto de hojas muertas. El suelo crujía bajo su peso, y el eco de ese sonido parecía susurrar su nombre, como si la casa estuviera viva, respirando su desesperanza.

"Manuel…" murmuró al viento, más como un ruego que como una llamada.

De repente, un suave toque en su hombro la hizo girar. No había nadie. Solo la penumbra y la tristeza. Pero sabía que no estaba sola. Él estaba allí, en alguna parte, escondido entre las sombras del tiempo que no perdona.

"Te esperaré", escuchó una voz de aliento empañando y aire helado.

Entonces lo vio, o creyó verlo, en el umbral de la puerta. Una figura espectral, envuelta en la tenue luz de la luna, apareció por un instante. Sus ojos, que alguna vez la habían mirado con amor, ahora solo reflejaban la distancia de los que ya no pertenecen a este mundo.

Clara se acercó, cada paso más pesado que el anterior, como si la muerte suave del otoño la detuviera. Sabía lo que significaba su presencia. Sabía que él la había esperado tal y como había prometido, pero no en la forma que ella esperaba. Él estaba atrapado en ese lugar, entre el mundo de los vivos y los muertos, aguardando algo que ella no podía darle.

Cuando al fin estuvo frente a él, los labios trasparentes de Manuel se movieron en un susurro que apenas rompió el silencio: "Si tardas, el otoño cubrirá mis huellas con hojas muertas… y el invierno helará los besos que perdimos por el camino".

Pero Clara aun no estaba preparada. Manuel la miró, con una tristeza infinita, y desapareció en la niebla fría de la noche, como el eco de un sueño olvidado. 



sábado, 28 de septiembre de 2024

El sol siempre espera tu sonrisa

 Cada mañana, Sofía seguía su pequeña rutina: se levantaba antes del amanecer, preparaba una taza de café, y luego, con el calor del sol aún por nacer, caminaba hacia el balcón de su pequeño apartamento. No importaba si el cielo estaba despejado o cubierto de nubes, ella sabía lo que debía hacer: mirar hacia el horizonte, hacia donde el sol siempre esperaba.

Su madre, antes de partir, le había dejado un consejo simple, casi como un juego: “Mira siempre hacia el sol, por la mañana, por la tarde, por la noche o simplemente cuando te apetezca o lo necesites. Te hará sonreír, porque te acordarás de mí. Aunque a veces esté escondido detrás de las nubes, está ahí… esperando tu sonrisa.”

Al principio, Sofía había tomado esas palabras como una manera dulce de aferrarse a la memoria de su madre. Después de todo, ¿cómo podría el sol, una estrella inmensa y distante, estar realmente esperando su sonrisa? Era solo una metáfora, algo poético que la hacía sentir menos sola. Sin embargo, conforme pasaban los días, empezó a notar algo diferente, algo inexplicable.

Una tarde, después de un día particularmente difícil en el trabajo, se desplomó en su sofá sintiéndose derrotada. Miró por la ventana, y el cielo estaba completamente gris. No había ni un rastro del sol, pero recordó las palabras de su madre: "Incluso detrás de las nubes, sigue ahí". Así que se obligó a levantarse y salir al balcón, aunque no veía más que un cielo apagado.

Al principio, no sintió nada especial. Solo una leve brisa que le acariciaba el rostro y el sonido de la ciudad a lo lejos. Pero después de unos minutos, mientras sus ojos vagaban por el horizonte, algo cambió. Sentía como si, a pesar de no poder verlo, el sol estuviera verdaderamente allí, justo detrás de esas densas nubes, observándola. Una cálida sensación se fue apoderando de su pecho, algo parecido a una caricia invisible, una compañía silenciosa que le hacía recordar no solo las palabras de su madre, sino la presencia constante de algo más grande, algo eterno. Y sin darse cuenta, una sonrisa surgió en su rostro.

Con el tiempo, Sofía adoptó este pequeño ritual de mirar al sol en los momentos de angustia o duda. No siempre podía verlo, pero eso ya no importaba. Aprendió que, al igual que el sol, la esperanza y el consuelo no siempre son visibles, pero siempre están presentes, esperando ser encontrados en los momentos más oscuros. Algunas noches, cuando el mundo parecía demasiado grande y frío, se permitía unos minutos bajo las estrellas, recordando que el sol regresaría al día siguiente, sin falta, como una promesa eterna de que todo pasaría.

Un día, una mañana cualquiera, el sol resplandecía en un cielo completamente despejado. Sofía se sentó en el balcón, cerró los ojos y dejó que la luz cálida bañara su rostro. Sonrió de nuevo, pero esta vez no era una sonrisa de consuelo. Era una sonrisa de agradecimiento, por el sol, por las nubes que le habían enseñado a confiar en lo invisible, y por su madre, cuyas palabras habían sido una guía luminosa a lo largo de su vida.

Al abrir los ojos, una ráfaga de viento suave le revolvió el cabello y, en ese instante, sintió como si todo el universo, desde las nubes hasta el sol escondido, estuviera sonriendo con ella.



jueves, 26 de septiembre de 2024

El tiempo

 El tiempo, esa misteriosa e incomprendida dimensión, parecía gobernar la vida de Laura con una tiranía impredecible. Había días en los que todo se disolvía en un parpadeo: los amaneceres se sucedían a los atardeceres con una rapidez tan violenta que sentía que estaba perdiendo algo, aunque no supiera qué. Lejos de dejarla respirar, el tiempo se le escapaba como arena entre los dedos, y el calendario se poblaba de fechas olvidadas, de promesas incumplidas.

Pero otros días, como hoy, el tiempo la torturaba con su lentitud exasperante. Cada segundo se arrastraba con la pesadez de una eternidad. Laura estaba sentada en el mismo sillón de siempre, en esa sala que había visto pasar su infancia, su adolescencia, y ahora, su adulta espera. Afuera llovía, las gotas golpeaban los vidrios con un ritmo tan monótono que parecían burlarse de su impaciencia. Miraba el reloj de pared como si de alguna manera, concentrándose lo suficiente, pudiera obligar a las manecillas a moverse más rápido. Pero no. Los minutos eran crueles, se detenían en el umbral del tiempo, como si supieran que en su quietud podían quebrar su espíritu.

Esperaba una llamada, una respuesta. Pero sobre todo, esperaba que algo cambiara. Sin embargo, no ocurría nada. Los días anteriores, su vida había transcurrido con una fugacidad incomprensible. Apenas había tenido tiempo para pensar, para sentir, para vivir. Las obligaciones del trabajo, las reuniones, las tareas pendientes, todo eso le había dado la ilusión de que avanzaba. El tiempo pasaba tan deprisa que no había podido detenerse a reflexionar si ese movimiento vertiginoso la estaba llevando a algún lugar.

Hoy, sin embargo, el tiempo se había plantado frente a ella como un juez implacable, exigiendo que enfrentara su verdad. No había más distracciones. Solo ella, el tic-tac del reloj y la incertidumbre de no saber si lo que esperaba iba a llegar algún día. ¿Cómo era posible que la misma dimensión que ayer la empujaba hacia adelante ahora se convirtiera en una celda inmóvil, en un muro que la aprisionaba?

La pregunta la atormentaba mientras el reloj seguía su curso indiferente. "¿Por qué pasa tan rápido cuando quiero que se detenga, y tan lento cuando deseo que termine?" En ese instante lo comprendió: el tiempo no era más que un reflejo de su propia conciencia, una ilusión que se moldeaba según el estado de su alma. Cuando corría sin descanso, el tiempo era una sombra imposible de atrapar; cuando se paralizaba, era un espejo que la obligaba a enfrentarse a lo que más temía: el vacío, la incertidumbre, la espera.

El teléfono, que había estado mudo durante horas, sonó de repente, rompiendo el silencio de la habitación. Laura lo miró con una mezcla de alivio y terror. Al contestar, la voz al otro lado le dio la respuesta que tanto había esperado. Y en ese instante, lo sintió: el tiempo volvió a moverse. No porque lo hubiera hecho realmente, sino porque su ansiedad, esa fuerza invisible que lo distorsionaba todo, se había calmado. Había aprendido que el tiempo no es más que una percepción, y que lo que realmente había estado esperando no era la llamada, sino el momento en que pudiera hacer las paces con la incertidumbre.

El reloj siguió su inmutable marcha, pero ahora Laura ya no estaba atrapada en su tiranía. El tiempo, ese extraño y esquivo compañero de vida, había dejado de ser su carcelero, para convertirse simplemente en lo que siempre había sido: un testigo silencioso del viaje interior que todos debemos recorrer.



jueves, 4 de enero de 2024

Maestro

Bueno...

Ya he visto Maestro…

Una película protagonizada por Bradley Cooper y Carey Mulligan sobre ciertos momentos de la vida del gran Leonard Bernstein. No entraré en detalles sobre si el señor Cooper debería haberle dado otro enfoque, tampoco diré que se vuelve cansina a ratos, no, no hablaré sobre ello, lo que si quiero destacar es un serio problema que tiene esta película, que es, que no encontré por ningún lado al guapo de Bradley sino a Leonard. No sé si es un clon, es su hijo, es un holograma pero se ve muy creíble, tan creíble y natural que al finalizar la escena de la recreación del concierto de la Sinfonía N.º 2 «Resurrección» de Mahler, en la catedral de Ely me levanté de mi butaca y aplaudí. No me dio vergüenza ni nada porque solo éramos dos gatos en la sala, la gente normal no ve esta clase de películas aburridas e insípidas, la gente normal se desmelena en conciertos de “artistas de verdad" con nombres de conejos.
En conclusión…
¡Maestro Bradley, a sus pies, gracias!
Apuesto que en un mundo justo, lejos de las estupideces de una sociedad en decadencia…
“And The Oscar Goes To…”

Maestro


martes, 31 de octubre de 2023

Domingo en la oficina

 Buenaaaas... Mi gente maravillosa, bella, hermosa!


😱DOMINGO EN LA OFICINA😱

🎃¡FELIZ HALLOWEEN!🎃

Creo que hoy es el día idóneo para compartir con vosotros este corto en el que participo.

Hemos puesto el corazón en él, como haremos en todos los proyectos que publiquemos. Optamos por un corto de Terror para Halloween como primer proyecto, género que nos gusta mucho. Espero lo disfrutéis.

BlissalorFilms y Sebastián Alias Sheol XIII os damos las gracias por vuestro apoyo.

Un beso...Un abrazo...


sábado, 15 de mayo de 2021

Chipirón

Lo bonito de la verdadera amistad no tiene nada que ver con las veces que hablamos o vemos a una persona sino con lo bien que nos sienta su compañía aunque solo sea una vez cada cinco años.

Este seria el resumen de mi amistad con José Antonio. Nos conocimos virtualmente en las paginas de Blogger coincidiendo en nuestras pasión por la escritura. Eso fue aproximadamente hace 10 años y en estos 10 años que han pasado solo nos hemos visto dos veces, pero fueron dos veces... dos días memorables, momentos y recuerdos que se quedan grabados en el alma.

Gracias por tu amistad José Antonio y muchas felicidades Paloma!




Todos Los Días Sale El Sol - Sheol13 y José Antonio
Edición video - Blissalor Studios
Arreglo Instrumental - Jesús Bautista Bautista

domingo, 5 de julio de 2020

Nothing Else Matters

Lunes, 07:00 h de la mañana. Los acordes desconcertantes de Nothing Else Matters de Metallica llenan los pasillos del metro Alonso Martinez. Un guitarrista sentando en un taburete, mueve los dedos por las cuerdas de la guitarra con pachorra y con cara de asco. No toca muy bien, de hecho toca fatal. Me paro delante de el y le miro. Me sonríe con cierta ironía. Me marcho.

El mismo día. 13:30 h. Nothing Else Matters en el mismo pasillo, el mismo guitarrista y la misma inconstante y molesta cadencia. Paso de largo sin mirarle.

Todos los días durante dos meses aproximadamente, a distintas horas, Nothing Else Matters, el mismo guitarrista, la misma pachorra, la misma cara de asco. 

Sigue tocando fatal pero las monedas llenan la funda de su guitarra. La gente es bondadosa o sorda o no pasa tan a menudo por ahí como yo. Por suerte o por desgracia no soy sordo y tampoco solidario si siento que alguien intenta poner a prueba mi sagacidad y paciencia. 
Esta vez me paro delante de el. 
"¡Al menos aprendete otra!" -le espeto.
Me mira con ojos vacíos y me sonríe. 
Esa sonrisa llega hasta ese rincón desconocido e inexplorado del cerebro que supongo que todos tenemos pero desconocemos y me punza como si fuera la punta de un bisturí. 
Apoyo el estuche en la rodilla y saco la flauta con manos temblorosas. Dejo el estuche abierto en el suelo y le miro fijamente a los ojos. El guitarrista no para de tocar, me sostiene la mirada y sonríe irónicamente. Levanto la flauta por encima de mi cabeza y con gran velocidad la bajo para asestarle un golpe seco en toda la sien, luego otro y otro y otro y luego paro. El cuerpo inerte del guitarrista yace en el suelo en extraña postura. La sangre le está tapando la sonrisa. Me agacho y le musito al oído...
"Este era mi sitio cabrón, este era mi sitio..."



sábado, 20 de junio de 2020

Muebles viejos y bizcocho recién horneado

Pasé veces por ahí, muchas, pero hoy por primera vez vi que la ventana estaba abierta. Es un bajo. Parece que el olor tan peculiar que me acercó el viento hace unos segundos para acariciarme los pelillos de la nariz, sale por esa ventana. Frunzo el ceño cuando las cosquillas me llegan al cerebro. Me suena el olor, me recuerda a algo.

Cuanto mas me acerco a la ventana abierta la visión que se manifiesta delante de mis ojos se vuelve mas clara, mas cercana, mas palpable. 
Ella está sentada en la vieja y chirriante butaca cosiendo, con las gafas en la punta de la nariz, a punto de perderlas. Me acerco mas, y también le veo a él, en el diván leyendo la prensa. Una lagrima se asoma a mi parpado derecho, no quiero llorar, así que presurosamente me alejo de esa ventana y la lagrima se detiene justo antes de brotar.   

Solo es un olor, pero un olor que invade mis sentidos y llena mi memoria de recuerdos, de ellos, de mis queridos abuelos. Ese olor que sale por una ventana abierta como una mano invisible que sin permiso hurga en mi cerebro, es un olor a muebles viejos y a bizcocho recién horneado. La fragancia de mi infancia, recuerdos de tiempos felices, otros tiempos, otra vida, otra gente. 

Me alejo mas, y todo se vuelve mas borroso, distingo aun las siluetas de los que solo viven en el recuerdo y me enfurece que ya no están, que se han ido, que me han dejado solo. Me alejo mas y desaparecen. 

Mientras camino siento como un gran trozo de granito invisible cubierto de musgo se va incrustando en mi corazón.  Es el recuerdo, es el saber que solo es recuerdo, que nunca será otra cosa que un recuerdo y lo cargo sin rechistar toda la jornada, toda la semana, porque no sé pasar pagina, no quiero pasar pagina. No me importa si pesa, si duele, mientras exista y resista el recuerdo, mientras viva, mientras ellos vivan en un olor a muebles viejos y a bizcocho recién horneado, yo lo seguiré cargando. 


domingo, 14 de junio de 2020

Lo que la estupidez se llevó

Hoy me voy a mojar, que hace mucho que no lo hago  y como cinéfilo empedernido ya me están tocando los "huesos". Por algo este blog se titula Solo me molesta a mi... y otros cuentos.

"Lo que el viento se llevó": peliculón para algunos, tostón para otros y motivo de debates y polémicas ahora mismo a consecuencia del brutal asesinato de George Floyd que sacó del letargo al movimiento Black Lives Matter.

 ¿Es una película racista? Seguro que lo es, pero solo si la vemos desde un solo angulo y punto de vista, sin tener en cuenta otros aspectos de la película y también el año del estreno. Si amig@s, fue hace mucho tiempo, hace casi un siglo. Rosa Parks aun no se había sentado en las primeras filas del autobús reservadas para los blancos y Martin Luther King aun no había pronunciado su famoso "I Have a Dream" cuando salió esta película.  No, no, eso pasó años mas tarde.

Si analizamos a conciencia todas las películas que se han creado hasta la fecha, todos los libros (referencia a la otra polémica racista sobre El señor de los anillos), todas las canciones, al final tendríamos que dejar de ir al cine, dejar de leer y de escuchar música, porque en cada película o cada libro o canción podemos hallar rastros de racismo, xenofobia, homofobia, machismo, violencia y si no encontramos esos rastros hay quienes se los inventan simplemente por amargados o polémicos. 

¿Podemos entender que el cine es arte, que la música es arte(menos el reggaetón), que la literatura es arte y que el arte hay que aceptarlo tal y como es, amarlo u odiarlo, ignorarlo o acosarlo pero no prohibirlo? El arte no es ni será nunca políticamente correcto, por eso es arte, para generar admiración, bienestar, malestar, polémica o debates. 

Vamos a prohibir Braveheart porque tiene una secuencia en la que el rey, harto del novio de su hijo, el príncipe Eduardo II, lo arroja por la ventana y lo mata? Según se dice, Eduardo II era sencillamente bisexual, pero en Braveherat se caracteriza como un ser ridículo, afeminado y débil. 
¿Es homófoba la película? 
Posiblemente si, pero la acepto porque me encanta, y no le doy mas importancia porque soy de las personas que disfruta de las cosas y no le busca las cosquillas. 
¿Voy a tirar yo también al novio de mi hijo por la ventana por que soy fan de Mel Gibson? 
Pues no. 
¿Por que? 
Porque considero que el amor entre dos PERSONAS es lo mas natural y bonito del mundo.

Braveheart


Vamos a prohibir Gilda, esa joya cinematográfica por el polémico bofetón que le propinó Johnny Farrell(Glenn Ford) a Gilda(Rita Hayworth)? 
¿Es machista la película? 
Seguro que si, como casi todas de la época. Pero hay que disfrutarla con la mente abierta, disfrutar el arte y no el significado de algo puntual ligado a esos tiempos. 
¿Me he convertido en un machista y un maltratador por haber disfrutados de las magnificas interpretaciones de los protagonistas? 
¡No! 
¿Por qué? 
Porque no soy imbécil.

Gilda


¿Vamos a prohibir Otelo? 
Si, vergonzosa la aparición con la cara oscurecida de la leyenda del cine Sir Laurence Olivier. El mismo actor años mas tarde lamentó haber aceptado el papel. 
¿Es racista o xenofoba la película? 
Posiblemente si, pero yo he disfrutado de niño inocentemente de ella y del arte de Sir Laurence sin que me afectara psicologicamente. 

Laurence Olivier


¿Que será lo siguiente, pintar de blanco la Capilla Sixtina porque todas las personas(creo) que Miguel Ángel pintó son blancas?

¿Cerraremos Louvre y el Museo del Prado porque un 90% de las persona retratadas son blancas? 

¿Cerraremos las bibliotecas porque un 30 % de los libros son machista y otro 30% racistas?

No creo que sea la solución, la solución es y será siempre la educación. La educación es fundamental, es el pilar de una nación, es el pilar del mundo, sin educación y respeto estamos perdidos, muy perdidos buscando soluciones fáciles a nuestros errores. Hacer desaparecer una película no solucionará los problemas de este mundo, ni por asomo.
¡Ojala fuera tan fácil! 
Hacer desaparece algo por crear polémica solo alimentará el ego de algún caza brujas. 
¡Cazar otra cosa, como mariposas, pero las del estomago! 
Ah, es verdad, no pueden, porque en vez de mariposas, tienen gusanos.
¡No culpéis al arte por vuestro fracaso como personas! 

Mis abuelos y mis padres me criaron y me enseñaron que los hombres no son mas que las mujeres, que todos somos iguales indiferentemente del color de la piel, del estatus social, de la orientación sexual, que hay que tratar con respeto desde lo mas insignificante hasta lo mas importante, desde las aceras que pisamos hasta la casa donde nos alojamos, desde la araña mas pequeña hasta la vaquita que mi abuelo todos los días ordeñaba. Sé cual es mi sitio, sé quien soy y lo sé por los valores que me inculcaron. 
¿Tú sabes quien eres? 
Si algún día mi sobrino de 8 años me pide que vea con él "Lo que el viento se llevó", yo encantando y no me costará nada explicarle lo que no está entendiendo. Por supuesto que seria mas fácil decirle que no es una película para niños, que no la entendería, así podría seguir revisando mis redes sociales, wasapear con mis amigos, hacerme algún selfie en condiciones para mis fotos de perfil, y él seguir viviendo y creciendo en la ignorancia. 
Reitero, sé quien soy y cuales son mis prioridades y mis valores, como también sé, qué es, de vital importancia para el crecimos espiritual de un crío y que es, lo que importa y lo que no, y no es precisamente una tablet para que deje de atosigarme. 

Entonces os pregunto:
¿Solo me molesta a mi?

sábado, 6 de junio de 2020

Todo orejas

Lo siento, de verdad que lo siento. Pensé que era diferente, pero soy superficial, igual que la mayoría, me fijo en los defectos de la gente, aunque inconscientemente, lo hago, si, si, como todos. 
¿Pero quién no lo hace? 
Es un gesto reflejo, y el que no lo hace, que tire la primera piedra.  

¡Ayy!... 

¡Ostias!... 

¡Podrías haber cogido otra mas pequeña, que duele! 

En fin, qué si, que si una persona no destaca por algo bonito en particular (ojos, labios, pómulos,  pechos, caderas, trasero, paquete... dinero) nuestro cerebro almacena defectillos para recordarla en caso de volver a coincidir con dicha persona. 

Coincidí con él en la cola del Ahorra Mas. A un metro y medio de distancia y con la voz ahogada por la mascarilla el pobre hombre empezó a hablarme para luego no dejar de hablar: sobre su vida, sobre la vida de otros, sobre el virus, sobre política, sobre fútbol, sobre el tiempo, sobre todo y sobre nada. 

No me sonaba, intentaba ubicarle pero sin éxito, no tenia ni la mas remota idea de quien era,  hasta que me fijé en sus orejas que consiguieron encender la bombilla de tal manera que hasta me acordé del lugar, de la fecha y de la hora que coincidí con él, una vez en la vida hace aproximadamente 3 años. Y todo por las orejas, imposibles de olvidar, imposible de verdad, mas aun si eres seguidor de la saga Star Trek. 

Para que os hagáis un idea: sus orejas son una versión light de las de Quark.

De verdad, imposible no recordar algo tan peculiar.
Siento ser así de superficial, de verdad que lo siento. 
Bueno, es lo que hay, nadie es perfecto...
Tampoco me quitará el sueño, creo que los hay peores que yo. 
O no...

Quark

lunes, 25 de mayo de 2020

Fase 1

Ya estoy de vuelta, en fase 1 de desescalada, con ganas de volver a la normalidad bloguera, así que poco a poco me pondré al día con vuestros escritos.
No saben la vergüenza que pasé ese 5 de abril, cuando por vez primera salí a cantar en el balcón para mis vecinos(no sabia aun que ese día también salia a cantar para mi, me fui dando cuenta según pasaban los días y las canciones).

Qué maravillosa experiencia, inolvidable, una experiencia que me devolvió las ganas de cantar pero sobre todo las ganas de volver a disfrutar de la música, escucharla, sentirla y no solo consumirla superficialmente como llevaba haciéndolo desde hacía unos años.

Me despedí de mis vecinos con We Are The Champions, porque han sido unos campeones, porque son unos campeones. Han sido 109 canciones que cantamos juntos, que bailamos juntos(yo poco, ya saben por los nervios) para olvidarnos por unos instantes de la cruda realidad. Todo esto se quedará grabado en nuestras almas hasta el día que el viento se las lleve.

Toda esta experiencia me abrió el apetito de mas, quería mas, una nueva aventura, pero sobre todo quería seguir cantando, para mi, para los curiosos, para los ociosos, para los amigos, para la familia, para los que están lejos, para los que están cerca, para los haters, para los lovers, etc...

Dicho y hecho... Esta nueva aventura será un microblog musical en mi canal de YouTube donde intentaré acercar a los que se quieran acercar, canciones que me gustan, canciones que me piden, nuevos descubrimientos pero también, obras incomprendidas y reivindicables.

Bueno, y como estamos en la Fase 1 en Madrid y como mi experiencia musical la tuve que compaginar con la lucha contra el COVID19, aprovecho esta entrada para deciros que ha sido duro, ver lo que he visto, sentir lo que he sentido, vivir lo que he vivido ha mermado mis fuerzas pero ha fortalecido mi espíritu, mucho, muchísimo. Si amigos, estamos en la Fase 1, pero no estamos aun para bajar la guardia, el maldito aun está dando vueltas, no dejéis que el ansia de tomar una cerveza con amigos, de fundirse en un abrazo o un beso se convierta en el tren de vuelta del asesino. Tened un poco mas de paciencia, por favor.

Muchas gracias por todo, porque gracias a vosotros también volví a reencontrarme con ese lado mío, que pensé que había muerto.

Un abrazote.

P. D. Os dejos esta grabación desde el coche, es una canción que me pidió mi sobrina. El mismo día la canté también en el balcón, para mis vecinos.

viernes, 10 de abril de 2020

Noches de Karaoke

Queridos amigos virtuales, quiero disculparme por mi casi nula participación en el mundo bloguero en estas ultimas dos semanas... y seguramente en las siguientes.  No es porque no quiera estar aquí... si, quiero y os quiero a todos de todo corazón, os quiero porque detrás de cada linea que escriben hay un alma, hay una vida, hay una persona extremadamente especial que se abre ante el que quiera entender lo que quiere decir o callar.

El motivo de mi ausencia en realidad son dos motivos. Primero, porque formo parte de esos pocos servicios que el gobierno considera esenciales y tengo que currar, incluso mas jornada aun que antes. Llego bastante tarde a casa y lo que hago al llegar, por supuesto, después de pasar por el proceso de desinfección en el hall de entrada y en la ducha, se convierte en el segundo motivo de mi ausencia. 

Durante mi jornada laboral elijo dos canciones, las escucho, las ensayo unas cuantas veces en casa, antes de las 20:00 horas. Después de agradecer a todos los que salen a luchar contra este maldito virus mediante aplausos, yo, que soy una persona muy tímida e introvertida, me quito la coraza, enchufo el karaoke y con la voz trémula y hecho un flan, voy entreteniendo a mis vecinos... luego, poco a poco se me pasa... eso de la vergüenza y los nervios. 

Todo empezó el día que unos cuantos artistas sacaron una versión de la canción Resistiré. Mi reducido circulo de amigos y familiares me convencieron cantarla en el balcón alegando que lo hacia igual de bien o mejor que ellos. Ese mismo día la canté (la que os acerco es una segunda versión, ya menos nervioso). Después de cantarla entré rápidamente en mi casa y bajé la persiana. En mi zona de confort, detrás de la persiana, seguía escuchado los aplausos y las voces que pedían: "¡otra, otra, otra!". Al día siguiente con el corazón en la mano volví a salir, y luego al siguiente también, simplemente porque mis vecinos lo necesitan. Mis amigos y familiares también lo necesitan, ellos no me ven en directo, pero están esperando cada noche delante de las pantallas de sus dispositivos que suba mi berreo a las redes sociales. 

Y así fue como me convertí sin querer en el "Entertainer" del barrio de las 20.05 horas y así seguiré hasta que esto acabe o hasta que mis cuerdas vocales aguanten.

Los que me seguís desde el principio, conociendo mi pasado musical, os preguntareis por qué lo de miedo escénico. Simplemente porque llevo mas de 15 años sin practicar... es verdad, a uno no se le olvida cantar pero las cuerdas vocales se atrofian y con ello se esfuma toda seguridad.  

Os quiero mucho a todos, cuidaros mucho y no salgáis de casa si no es necesario. Ya volverá todo: los besos, los abrazos, las cañas, las porras con chocolate, el sexo seguro...incluso antes, pero solo si somos responsables, respetuosos y disciplinados.

Un beso y un abrazo a tod@s.



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miércoles, 25 de marzo de 2020

Gris

Días grises... de cielos grises, de nubes grises, de pájaros grises, de caminos grises, de charcos grises, de sombras grises.
Mañanas grises...de esperanzas grises, de realidades grises, de pensamientos grises, de sueños grises, de sentimientos grises.
Tardes grises... de personas grises, de sonrisas grises, de miradas grises, de murmullos grises, de lagrimas grises.
Noches grises... de cortinas grises, de sabanas grises, de camas grises, de sacos grises, de suelos grises, de camiones grises, de hornos grises.

 ...y luego me hiciste el amor...
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martes, 17 de marzo de 2020

Perdón

El mundo llora en silencio las perdidas...

Desgarradores gritos de impotencia ahogados por los aplausos, por las tardías medidas que no solucionan mucho por no decir nada, ahogados por los reproches, silenciados por la irresponsabilidad de muchos, que no entienden que esto no es un juego, no entienden porque aun no les ha tocado, porque aun no se han topado con el olor hediondo de la muerte que acecha en cada esquina.

El mundo llora en silencio a sus muertos, llora a los que dieron el ultimo aliento entre cuatro tabiques tristes o tras una inmunda cortina verde, únicos testigos silenciosos de su sufrimiento y soledad.

Madres, padres, abuelas, abuelos, hijas, hijos apilados cual sacos de patatas e incinerados en los hornos del horror sin despedida ni un ultimo adiós.

El mundo sufre, los llantos son reales pero insonorizamos nuestras paredes con rollos de papel higiénico y sacos de harina. No queremos saber nada de nadie, el sufrimiento ajeno nos importa una mierda y lo único que realmente nos interesa es llenar nuestras despensas y limpiarnos el culo.

El mundo es un asco...

Os echaremos de menos...mucho, muchísimo.  Gracias por cuidarnos, por auparnos, por inculcar valores, por abrazarnos, por acariciarnos, por protegernos. Gracias por vuestros consejos, por vuestras historias, por vuestra paciencia, por vuestro cariño y amor incondicional, por esas paellas o por esos cocidos de los domingos al sol.
Gracias por darnos la vida.
Gracias y perdón.
Perdón por no haber reaccionado a tiempo, por no haberos protegido.
En nombre de todos, perdón.


sábado, 14 de marzo de 2020

Efímero encuentro

Qué si, que era yo. 

¡Seguuuro! 

Soy el que sale en los vídeos de Youtube y en las fotos de Facebook, Instagram o Twitter.

Ya sé, no estabas segura y no te atreviste a decirme nada. No muerdo. No. A no ser que me enseñes un pezón. Pero no antes de charlar, de tomarnos algo, una caña, un refresco, un café o de las manos, por favor, soy un tío decente...ahora...creo...

¿Quien eres? Venga me lo puedes decir. Me has mirado como si me conocieras, te sostuve la mirada un momento pero luego seguí con mi camino. Sentí tus ojos clavados en mi nuca, hasta la vigilante se dio cuenta que me seguías con la mirada. Me analizó de arriba abajo, pero no le parecí guapo ni tampoco sospechoso, siguió con su ronda. Yo no me di la vuelta, debí hacerlo y preguntarte si me conocías de algo, pero justo entraba el tren en la estación y tenia prisa, prisa por desaparecer por si te debía algo o por si te dije que te llamaría después de una noche loca que no recuerdo. Bueno, pensándolo mejor, no creo, llevo mas de una década de total cordura y tranquilidad. 

Ahora no puedo dormir, no puedo comer, solo pienso en ti, en tu mirada que tanto decía. Cada vez que paso por la estación de metro de Chueca te busco esperanzado entre los rostros androginos que esperan en el anden.

La próxima vez atrévete, si no te veo yo y tu me ves, no te cortes, dime algo, dime al menos quien eres.

 ¡Que si, que era yo! 

¡Si! 

¡Era yo!

O a lo mejor no...