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viernes, 6 de diciembre de 2024

La extraña pareja (Un cuento de Navidad)

La noche era densa, casi palpable. Las sombras se estiraban bajo el peso de la luna llena, que flotaba alta como una calavera colgando del cielo invernal. Los habitantes del mundo de los vivos celebraban una Navidad más, con risas huecas, falsos abrazos y promesas vacías envueltas en brillantes lazos rojos. Todos los años bajaba por el Árbol para espiar ese mundo paralelo al nuestro, observando con esa mezcla de repulsión y curiosidad que siempre me producía su extraña festividad. Aun así, el invierno no podía disfrazar la hipocresía de sus corazones. La Navidad estaba podrida, y nadie parecía notarlo.

Excepto yo.

Mis huesos crujieron bajo la nieve cuando me acerqué al Árbol de la Vida Navideño, el gran corazón de su mundo, su último refugio de esperanza... pero algo andaba terriblemente mal. El árbol, que en años anteriores había brillando, ahora se notaba enfermo. Las hojas, antaño verdes y resplandecientes, ahora eran grises, secas, caían al suelo como lágrimas de un espíritu moribundo. Cada ramita parecía implorar ayuda, pero nadie escuchaba. Nadie miraba. Ni siquiera Papá Noel, perdido en su propia burbuja de caos y superficialidad.

Solo yo.

Seguí el sendero marcado por el frío, buscando respuestas que no sabía si quería encontrar. Y entonces, el bosque susurró, o tal vez fue algo más oscuro que me arrastró hasta un portal escondido entre los árboles muertos. Algo extraño, algo... diferente. Atravesarlo fue como hundirme en un abismo de hielo y oscuridad.

Caí, literalmente, en una cueva. Estaba húmeda, helada, y desprendía un hedor de descomposición y desprecio. Cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra, lo vi: El Grinch. Había oído hablar de él y él también parecía conocerme, aunque no personalmente. Verde, huraño, con su rostro arrugado como un pergamino viejo lleno de odio hacia todo y todos, y sin embargo, allí estaba, mirándome con esos ojos amarillos y amargados que parecían compartir mi misma desesperación.

—¿Qué haces aquí, saco de huesos? —gruñó con su voz llena de ácido y desdén.

—Vine por el árbol —le respondí, sin rodeos. La conversación era inútil entre nosotros. Los dos lo sabíamos. Estábamos más allá de las palabras. El Árbol de la Vida Navideño se marchitaba, y solo alguien como él, que conocía el corazón podrido de la Navidad, podía entenderlo.

El Grinch bufó, una mezcla de rabia y resignación, y se giró hacia la oscuridad de su cueva. En el rincón más profundo, una ventana solitaria daba al exterior. Desde allí podía ver las luces de la ciudad, de la Navidad, chisporroteando como fuegos fatuos en la distancia. A ellos no les importaba. Ninguno sabía que el fin estaba cerca, que el árbol moría porque ellos mismos lo habían dejado morir.

—Está condenado —susurró el Grinch, más para sí mismo que para mí.

Pero yo no podía aceptarlo.

Le expliqué que el Árbol aún podía salvarse. Aún había una chispa de vida, apenas visible, pero allí estaba. Para restaurarlo, necesitábamos lo que la Navidad había perdido: auténtica bondad, no la basura superficial que la gente se intercambiaba como monedas de cobre. Él, como yo, sabía que esto era una causa perdida, pero algo, quizás el vacío que compartíamos en nuestros pechos, nos empujó a intentarlo.

—Haremos esto a nuestra manera, Grinch. No por ellos, sino por lo que significa la vida que queda en ese árbol.

Juntos, una pareja extraña pero inevitable, nos adentramos en la profundidad de la noche, donde las risas se transformaban en ecos y las luces de las casas parecían tan distantes como las estrellas en un cielo indiferente. Caminamos entre las sombras, mientras el aire se volvía cada vez más pesado, como si el mundo mismo reconociera que lo que estábamos por hacer no era un acto de amor, sino una ofrenda oscura. 

Llegamos al Árbol de la Vida Navideño. Estaba agonizando, con las ramas rotas y caídas, cubiertas de escarcha negra que lo envolvía como una mortaja. Sus raíces apenas latían con energía. El Grinch me miró, y pude ver en sus ojos el reflejo de una Navidad que él había rechazado durante tanto tiempo.

Pero no era esa la Navidad que salvaríamos. No la de los regalos, ni las falsas promesas, ni las sonrisas pintadas. Era la Navidad que quedaba oculta bajo la superficie, aquella que había sido devorada por las expectativas y el egoísmo.

Con nuestras manos —huesudas las mías, peludas y fuertes las de él— empezamos a arrancar las capas de corrupción que envolvían el Árbol. Dolía, sentí como si mis huesos se astillaran con cada movimiento, como si algo se resistiera desde lo más profundo de la Navidad misma. Pero el Grinch no se detuvo, y yo tampoco.

—¿Crees que funcione? —preguntó con un tono que no había esperado, un eco de esperanza en su voz áspera.

—No lo sé —respondí. Pero no importaba. No lo hacíamos por ellos. Lo hacíamos por lo que quedaba en nosotros, por la oscuridad que compartíamos y que, de algún modo, también era capaz de crear vida.

Al final, el Árbol exhaló una luz tenue, suave, pero verdadera. Las hojas volvieron a crecer, aunque débiles. No fue un milagro. No fue una celebración. Solo fue un suspiro de alivio en una noche interminable.

Nos quedamos allí, el Grinch y yo, mirando en silencio cómo la vida regresaba lentamente al Árbol, mientras el mundo seguía su curso sin notar el sacrificio.

La Navidad estaba a salvo... pero no por ellos. Nunca por ellos. 


viernes, 31 de enero de 2020

Nubes

Hoy me he levantado tarde, a las 5:00 de la mañana. Si, tarde, teniendo en cuenta que mi hora habitual para estampar el despertador contra la pared es a las 4:00 de la madrugada, si, un poco tarde. Me da un poco igual, estoy cansado. 

Abro la ventana de par en par para contemplar el cielo raso, inmenso y repleto de estrellas. La luna se esconde detrás de unas nubes blancas y algodonadas. Rompo un trozo de algodón y me lo llevo a la boca, no es dulce, mas bien sabe a higadillos encebollados. 

Un despertador está sonando... lejos...
Abro los ojos sorprendido. Mis manos están rebuscando inconscientemente en el cubo de basura. Una compresa de noche usada, mordisqueada y envuelta en papel higiénico descansa sobre unas cajas de pizzas congeladas, latas de cerveza vacías de marca blanca casi transparente y el paraguas destrozado por la tormenta de ayer. 
Involuntariamente echo la pota encima de la basura. 
¡Menos mal que no salpique nada! - pienso.
La vida es una mierda, - mascullo entre dientes.

Me fijo en la ventana, está cerrada. 
El bip, bip, bip del despertado me está volviendo loco.
Le apago de un tortazo, me visto corriendo y salgo volando de casa.
Llueve a cantaros.

Nubes de algodón

Escrito rescatado de mi antiguo y ya desaparecido blog: "El cuentista que casi nunca estuvo allí".

martes, 28 de enero de 2020

El cuentista infeliz

Hoy será un gran día... 
Hoy empezaré ilusionado a compartir con vosotros mis mas ocultos y atrevidos pensamientos.
Hoy empezaré a maquillar lo que soy, como un bufón antes del espectáculo.
Hoy seré yo mismo, pero no me encontrarán en ninguna de las palabras, en ninguno de los acentos o signos de puntuación, simplemente porque no existo, soy aire, soy agua, soy un fantasma del pasado, del presente y posiblemente también del futuro.
Hoy estoy libre y contento porque parece que el cielo no derramará las lagrimas de ayer, sin embargo las persianas están bajadas, la habitación oscura y fría. Estoy preparado, listo para afrontar la tormenta que asoma su cabeza de agua y fuego, pero no estoy solo, tengo una aliada, una amiga fuerte, lista, huidiza, cruel, amarga y dulce.
Pero no os la presento, porque ni siquiera sé si es real.
Hoy será un gran día. 
¿Verdad?
¡No! 

El cuentista infeliz

Escrito rescatado de mi antiguo y ya desaparecido blog: "El cuentista que casi nunca estuvo allí".