Las extrañas e inquietantes experiencias de Pompilio


  "Urgencias"

Había llegado al cruce. Ahora, solo tocaba decidir, si recorrer los 500 metros hasta su casa o los 300 hacia la derecha, que le llevarían al ambulatorio. El dolor era cada vez más insoportable y no le dejaba pensar con claridad. Decidió coger el camino más corto, hacia el ambulatorio. Llegaría antes y su estado le pedía a gritos que llegara cuanto antes. La gente que se le cruzaba le miraba interrogadamente. No era de extrañar, su aspecto era más que lamentable. Su rostro era una mueca deformada por el dolor y el sudor le brotaba de la frente como si fuera una fuente, empapando su cara y su camisa. Su forma de andar también llamaba la atención. Parecía la de un zombi, tensa y rígida. El malestar y el dolor eran cada vez más insoportables y con cada paso que daba el ambulatorio parecía alejarse dos. Se detuvo un momento, se agachó hasta que sus manos encontraron sus rodillas y respiro hondo. " Vamos, que te queda poco" se animó a sí mismo.Se irguió con mucho cuidado y comenzó a andar despacito. No se dio cuenta de que se le acercaba una pesona, que, por su sonrisa no dejaba lugar a dudas de que le conocía. Como la va a ver, si el solo tenia ojos para el ambulatorio que ya parecía estar un poco más cerca.
- ¡Hola Pompilio! ¿Qué tal? ¿A dónde vas? empezó con su interrogatorio la Puri, su vecina más cotilla del barrio. Vaya pinta que traes hijo. ¿Que te pasa, te encuentras mal?¿Estas enfermo?
Pompilio giro lentamente la cabeza. Su mirada vidriosa daba fe del mal estado en el que se encontraba.
- ¡Tu no! ¡Ahora no! le contestó, mientras su brazo empezó a agitarse como queriendo espantar una mosca. Su voz ronca y gutural parecía subir de una cripta.
La Puri sé hecho un paso para atrás sorprendida.
- Pero deja que te ayude, hijo.
- ¡No, no ,no! le contestó, mientras seguía con su lucha con la mosca, alejándose del peligro que representaba ahora, esa mujer, para su estado.
- ¡Vale! Si no tienes tiempo ahora, ya hablaremos otro dia. ¡Que te mejores!
Pero Pompilio ya no la escuchaba seguía con su camino infernal sin dejar de agitar su brazo. Un poco más adelante al ver su cara demacrada y sus ojos casi fuera de sus orbitas un niño rompió a llorar, mientras que su madre hacía un pequeño rodeo protegiendo a su vástago con los brazos le miraba horrorizada. Pero Pompilio no oía, solo veía el ambulatorio, que estaba ya a 10 metro, justo delante de él. Camino los 10 pasos que le separaban de su destino, entró, cruzó el pasillo dirigiéndose hacia la puerta detrás de la cual tantas veces había dejado sus sufrimientos. Giró el pomo y... nada. La puerta estaba cerrada o atascada. Empezó a girar el pomo desesperadamente, tirando y empujando la puerta, pero sin éxito. Empezó a examinarla exasperado en busca de algún indicio que le esclarezca el porqué de la puerta cerrada. Entonces vio el cartel bastante grande, que dada la desesperada prisa que tenia no había notado.

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DISCULPEN LAS MOLESTIAS.

"Obsesión"

Cajas de cartón y algún mueble pequeño acumulados dentro del portal avisaban de que alguien estaba de mudanza. No se preocupó mucho, dentro de nada le informaría de todo y con todo lujo de detalles su vecina Purificación. Como en todas las comunidades, siempre hay alguien que destaca por algo. La Puri tenía el talento de enterarse de todo lo que pasaba en el portal y alrededores. Si te la encontrabas, te paraba, te cogía del brazo y hasta que no te lo contaba todo, no te soltaba.Subió andando hasta su piso con la esperanza de encontrarla o por lo menos encontrarse con el nuevo inquilino. El único piso en venta del portal era el 3ºA, justo enfrente del suyo. Dos días antes, Puri le había informado de que el piso lo habían comprado, pero aún no sabía quién lo había adquirido, en cuanto supiese algo le informaría sin falta. El hecho es, que esa fue la última vez que la vio. La información se hacía esperar y andaba muy ansioso por saber cómo sería su nuevo vecino de planta ¿Dónde andaría la Puri?
Así que empezó a subir la escalera y cuando llego delante de su puerta acerco la oreja para escuchar algún ruido. Nada, silencio total, igual se estaba echando la sienta. Siguió subiendo y al llegar arriba, se encontró con la puerta del nuevo vecino entreabierta, se asomó curioseando, mientras golpeaba la puerta con los nudillos.
-“Hola, ¿hay alguien?”
-“VAAA”
Escucho una voz masculina procedente de la cocina y al momento apareció un chaval de unos 20 años, no muy alto pero bastante fuerte, que vestía un mono azul.
-“¿Qué desea?” – Le preguntó mirándole inquisitivamente,
-“Discúlpeme, por favor. Soy el vecino de enfrente, he visto la puerta entreabierta y me he atrevido a pasar para darle la bienvenida.”
El chaval le echó una mirada burlesca, mientras en la esquina de su boca empezó a florecer una sonrisilla maliciosa.
-“No, verá, mi compañero y yo solo hacemos la mudanza.”Le contestó mientras le señala hacia donde supuestamente estaba su compañero.
-“Su vecina llegará mas tarde.”Le contesta soltando una risilla.
-“Vale muchas gracias.”Dio media vuelta, abrió su puerta y entro en el piso.
He olvidado presentarle, se llama Pompilio, tiene 33 años y lleva dos divorciado. Desde que se divorció no ha tenido relación alguna con mujeres, el echo de tener una nueva vecina, posiblemente soltera, le ilusionaba bastante. Aún recuerda aquella última sesión ante la juez, y la bruja de su ex diciéndole que el era demasiado obsesivo con ella. ¡Si hasta le relató como le había enseñado a doblar las servilletas de hilo antes de guardarlas en el cajón! Y ¡Como le hacía colocar los vasos en el escurreplatos después de fregados, por orden de mayor a menor!, pero, ¿Cómo coño quiere que se coloquen los vasos? Los mas grandes detrás, vamos digo yo. Todavía puede ver la cara de la jueza, por que era una mujer, si no, no se explica la sentencia, cuando su mujer le contó que le gustaba que guardase las toallas por tamaños y por colores, si, hasta le llegó a decir que parecía su armario una exposición del IKEA.

¿Dónde narices se habría metido la Puri? Por una vez en la vida que podía contarle algo interesante, no había manera de dar con ella. Encendió la tele y se pasó toda la tarde pensando que aspecto que tendría la nueva vecina.

Al día siguiente:

Al volver del trabajo subió como una flecha las escaleras, al llegar delante del piso de Puri llamo al timbre. Nada, el silencio seguía como único inquilino en el piso, llamo dos veces más y como nadie le abría, subió escaleras arriba hacia su piso. En el último tramo de la escalera diviso una melena roja que la corriente de aire hizo ondear, antes de que desapareciera en el piso de enfrente, debía de ser la nueva inquilina.
¿Entonces pelirroja?, ya tenía un indicio del aspecto de su vecina. Entro en su piso y se paró un momento en la puerta mirando esperanzado la puerta de enfrente haber si se abría. No se abrió.Así que se pasó toda la tarde imaginando el aspecto que tendría.

Tercer día:

En el trabajo su único pensamiento era salir y encontrar como fuera a Puri, habían pasado ya 5 días sin verla y eso era muy, pero que muy raro. Salio pitando del trabajo y al llegar al portal,subió como el viento hasta el piso de Puri. Llamo al timbre, golpeo la puerta hasta que le empezaron a doler los nudillos, que le avisaban de que en esa casa no había nadie.Subió las escaleras pensando en sus vecinas: Puri que le tenía preocupadísimo y en la pelirroja. Al dar la vuelta al último tramo de la escalera sus sorprendidos ojos se abrieron de par en par y casi los pierde, igual que las babas, al divisar medio perfil de su vecina que entraba en su casa. Su trasero arropado por un pantalón corto bien apretado de color rojo, hacía una curva perfecta hacia sus piernas blancas, de piel aterciopelada. Vestía una camiseta de tirantes color verde que le dejó ver su hombro izquierdo. Ya cogía forma en su imaginación el aspecto que tenía, solo le falta una pieza del rompecabezas, verla entera y eso sin falta sería mañana. Entro decidido en el piso y se pasó toda la tarde ensayando lo que le iba a decir a la pelirroja.Y la Puri sin aparecer. Seguramente le ha pasado algo.

Cuarto día:

Mientras trabajaba, no dejaba de pensar en las curvas perfectas de su vecina, aviso a su jefe con antelación de que tenía que hacer algo importante y quería salir 20 minutos antes. Salio del trabajo como un rayo, paso por una pastelería cercana donde compro una bandeja de pastelitos variados y después se marchó corriendo a casa. Al llegar al portal,se fue directamente al ascensor que no había utilizado desde que vio las cajas de la mudanza de su vecina. Mientras esperaba el ascensor, ensayaba la frase típica que iba a pronunciar cuando se encontrara con ella. El ding-dong del ascensor le avisaba de que ya estaba disponible,abrió violentamente la puerta y . . .
-“Hay, hijo, que susto me has dado.”
Allí estaba Puri delante de él, dentro del ascensor, en el momento menos oportuno.
-“Hola Puri ¿cómo estas?, perdona pero tengo mucha prisa”
-“Hijo, no sabes lo que me ha pasado, resulta que justamente después de hablar contigo la última vez, me llama una prima hermana mía, para pedirme que me quedara unos días con su padre, que está muy enfermo. Ella tenía que arreglar unos asuntos relacionados...”
-“¿Pero donde vas? Espera que te cuente, Pompilio te has enterado de...”
Pero ya no la escuchaba, las puertas del ascensor se cerraron dejando fuera la información que tanto ansiaba tener los días anteriores. Llego a su planta, salio del ascensor, entro en el piso, cerro la puerta y pego el ojo a la mirilla esperando que apareciese su vecina. Se había dado cuenta que llegaba a la misma hora que él, pero al subir en el ascensor no alcanzaba a verla. Pasados 10 minutos escucho el abrir de las puertas del ascensor y un segundo más tarde pasaba delante de su ojo que ya poco distinguía después de llevar 10 minutos pegado a la mirilla. Abrió la puerta rápidamente.
-“Hola, me llamo Pompilio, y como puedes ver soy tu vecino de enfrente, quería darte la bienvenida”Dijo mientras se acercaba con la bandejita de pastelitos.
Su vecina se giró lentamente dejándole disfrutar de lo lindo de toda su lujosa carrocería. El corazón empezó a golpear su pecho con tanta fuerza que hasta le dolía, gotitas de sudor empezaban a asomarme por las sienes, la emoción era tan grande e intensa que casi no podía respirar. Su vecina parecía tardar una eternidad en girase, ¡Qué formas! ¡Qué nalgas! ¡Qué belleza! ¡Qué... !
-“Que amable, muchas gracias, yo soy Andrés pero me puedes llamar Andrea si no te importa, encantado de conocerte”Le contestó regalándole una gran sonrisa, cogió la bandeja de sus manos, que se quedaron paralizadas.
-“Pasa, te pongo un café, nos comemos los pasteles y me cuentas chismes de la comunidad”
Como el David de Miguel Ángel, así se quedó el pobre Pompilio, inmóvil, sin saber que decir, sin poder reaccionar. ¿Pero algo tenía que decirle?
-“Gracias, pero no puedo, sólo quería darte la bienvenida, y ya sabes para cualquier cosa que necesites, estoy enfrente”Se dio media vuelta, entro en el piso que cerro tras él.


"La borrachera"

Estaba confuso, no reconocía la habitación, no era la suya y no se acordaba como había llegado allí. Le dolía todo el cuerpo y la cabeza se la notaba tremendamente espesa. Miraba el techo color azul con estrellitas fluorescentes pegadas en forma de cometa. Se incorporó despacito mirando a su alrededor. Las paredes del dormitorio estaban pintadas en color rosita. Se levantó despacito de la cama y como llevaba puestos solo los calcetines y los calzoncillos, busco con la mirada su ropa. Su ropa no estaba en esa habitación, seguro que se desnudaron en otra parte de la casa. Se acercó al armario empotrado y lo abrió, pero solo contenía ropa de mujer. "¿Por qué no me acuerdo de nada?" se preguntó confuso. " Me levanto por la mañana en el dormitorio de una mujer, después de dos años de celibato y no me acuerdo de nada. Vaya pringado." Se acercó a la puerta cerrada del dormitorio pero cambio de idea y se sentó al pie de la cama, mirando el reflejo de su cara en el espejo colgado encima del tocador." Vaya cara, por lo menos no ha sido el peor día de mi vida".

La noche anterior:

-He tenido el peor día de mi vida. ¿Te puedes creer que me echaron del trabajo? Después de tantos años viviendo para ellos, haciendo los trabajos más degradantes, los que nadie quería, me echan. La vida es tan injusta Manolo, diciendo eso Pompilio soltó un suspiro desgarrador.
-Todos tenemos días malos, pasamos malos tragos y siempre pensamos que lo nuestro es peor, le contesto el camarero.
-Ponme otro coñac.
Manolo cogió la botella del estante y le lleno la copa.
-Mira Pompilio, aunque no debería decírtelo, por el negocio claro, pero como te conozco desde que solo eras un chaval, te aconsejo de que no ahogues tus penas en el alcohol.
-¿Y a ti que te importa?
-Me importa Pompilio de veras que me importa, me acuerdo cuando venias a recoger a tu padre, en paz descanse, que no hacia otra cosa que emborracharse todas las noches. Era amigo mío, y muchas veces pienso que tuvo el accidente por mi culpa y yo no quiero cargar mi conciencia con su hijo también.
-No te preocupes, si solo es esta noche, sabes que yo odio los bares por su culpa y por esta razón nunca vengo a visitarte. Venga, ponme otro. Es que no sabes que más me ha pasado hoy.
-Cuéntame, le dijo el camarero mientras le llenaba otra vez la copa.
-Encima de que me dan el boleto, cuando salgo del trabajo ¿adivina a quien me encuentro?
-No sé, ¿a quién?
-A Marisa, mi ex. Estaba con otro y cuando me vio empezó a acariciarle y besuquearle, allí, en pleno bulevar, y cuando pasaron a mi lado me miro asqueada y se me río en la cara. No pude soportar más, les escupí. El tio me respondió con una bofetada y mis gafas que salieron despedidas, sé hicieron añicos. A eso yo le pegué con el maletín en la cara, le di un golpe en la espinilla y eché a correr. Y como yo sin gafas no veo un colin, casi me atropellan dos coches. Venga, ponme otro.
-Vaya por Dios, te tienes que controlar, un día te denunciará, ya veras, le contesto el camarero mientras le llenaba otra vez la copa. Esta es la ultima, vale.
-Yo te dire cuando es la ultima, todavía no me siento lo suficientemente borracho, le contesto Pompilio con bastante dificultad. Como no estaba acostumbrado a beber, las 5 copas de coñac le pegaron bastante fuerte, aunque el no se daba cuenta aun.
-Pero espera, que esto no es todo, ¿sabes como acabe aquí, en tu bar? Te lo voy a decir. Mientras me alejaba corriendo de mi ex, se me cayeron las llaves del piso, así que en vez de ir a mi casa a emborracharme, me tuve que venir aquí. No me interpretes mal, tu bar no me disgusta en particular, me disgustan todos en general y prefiero que no vea nadie lo mal que lo paso. Venga, ponme otro. Ahora que lo pienso, no me arrepiento de perder las llaves, así he tenido a alguien con quien compartir mis penas. Gracias amigo mío, gracias, te veras que te lo agradezco. Diciendo eso empezó a sollozar y poco a poco el sollozo sé convirtió en llanto.
-Venga Pompilio, tranquilízate, sabes que aquí me tienes para cualquier cosa.
En ese mismo instante la puerta del bar, ya vacío a esas horas, sé abrió...

Pompilio se dio la vuelta con mucha dificultad mientras se limpiaba torpemente la cara y los ojos con la manga de la camisa. La semioscuridad del bar y los rayos de la luna mezclados con las luces de la calle, no les dejaban ver con claridad. Por las curvas, parecía una mujer y mientras se acercaba a la barra, ondeando sensualmente la cintura, su figura cogía forma. Vestía un traje con falda de color verde, combinados de maravilla con el bolso y unos zapatos de tacón aguja, color rosita. Los rizos rojos descansaban perfectamente sobre sus hombros y sus ojos verdes resaltaban entre las sombras superiores color rosa. Sus labios carnosos, rojo pasión, te invitaban a comerle todo el carmin y más.
-¿Lo de siempre? la pregunto Manolo.
-Sí, gracias.
-¿Pero quien es esta hermosa señorita? ¡Manolo! Por qué no me la presentas. Bueno me presento yo. Soy Pompilio, estoy borracho y no lo siento.
-Hola Pompilio, si nos conocemos, le contestó la pelirroja.
-Yo a ti, no. ¿Tu a mí, sí?
-No le hagas caso, ha bebido demasiado hoy, intervino el camarero mientras colocaba la copa de Martini delate de la clienta.
-Que sepas que invito yo, Manolo, ponme lo mismo que a la señorita.
Mientras el camarero le traía su bebida, Pompilio miraba lascivamente a la pelirroja.
-¿Qué hace una chica tan guapa en un bar de mala muerte como este? la pregunto Pompilio mientras una sonrisa de oreja a oreja, deformada por el alcohol, se le dibujaba en la cara .
-Esto es lo ultimo que vas a tomar en mi bar, Pompilio. Te tienes que ir a dormir, y olvidarte de todo, por un rato.
-Manolo, déjame en paz ¿donde voy a ir si no tengo llaves? Mejor me quedo aquí, para hacerle compañía a esta hermosa señorita.
-O sea ¿que no tienes llaves? le preguntó la pelirroja.
-Pues no, y da la casualidad que la Puri no viene hasta mañana del pueblo, ella tiene una copia. No por qué tenga algo con ella, sabes, es que es muy amiga de mi madre, le contesto Pompilio mientras le guiñaba el ojo al camarero. Así que no sé que voy a hacer, dormiré en la calle o en un cajero, como un vagabundo, a no ser que alguien me invite a pasar la noche en su casa, otro guiño al camarero que ya no disimulaba la sonrisa burlona que apareció en su cara a la vez que la entrada en escena de la pelirroja.
-Puedes dormir esta noche en mi casa si te apetece, no me importa, de veras, contesto la pelirroja.
-No te quiero molestar, pero si insistes, con eso, le guiño otra vez el ojo al camarero que le devolvió el guiño sonriendo.
-Nos vamos, que ya es tarde, gracias Manolo, te veo mañana, le dijo la pelirroja y sé levanto.
Pompilio hizo lo mismo, llevándose la mano al bolsillo de atrás para buscar la cartera y pagar la consumición, pero la falta de costumbre, el movimiento tan brusco y los humos de alcohol desequilibraron sus pasos que se encontraron con la silla y luego se pisaron entre sí. Intento agarrarse a la barra pero no llego, sus manos hicieron uno círculos golpeando el aire, pero nada impidió que su cuerpo golpeara con todo su peso el suelo. La pelirroja sé abalanzo sobre el y el camarero salio rápidamente de detrás de la barra.
-Te has hecho daño, preguntaron a unisono.
-Que va, estoy bien, les contesto Pompilio, mientras se agarraba con las dos manos, de las manos que salieron al rescate. Tiraron de el con dificultad hasta que consiguieron ponerle de pie.
-¡Uy! como se mueve tu bar Manolo. Como da vueltas, parece un Tio...La frase quedó allí y en su lugar salio de su boca todo lo que había consumido en el día. La chica y el camarero retrocedieron rápidamente, consiguiendo evitar la lava que salia de la boca de Pompilio que sé balanceo dos veces y sé cayó otra vez de bruces en su propio vomito. Sus dos amigos se miraron exasperados y corrieron otra vez al rescate. Le levantaron, le sentaron en una silla, el camarero sé marcho a buscar unos paños mientras la pelirroja sostenía la cabeza al borracho, por si volvía a vomitar. Manolo volvió con un trapo de cocina y dos paños.
-¿Estas bien? Pompilio afirmó con la cabeza. Toma, límpiate con estos trapos.

Pompilio tomó uno de los trapos y empezó a limpiar su ropa manchada. La pelirroja tomó otro trapo y le empezó a limpiar la parte de arriba del pantalón. Pompilio levantó la cabeza buscando a Manolo que miraba la escena meneando la cabeza con desaprobación. Pompilio empezó a guiñarle el ojo enseñándole a la pelirroja que le limpiaba con esmero el pantalón.
-¿Nos vamos guapa? preguntó Pompilio.
-Venga, vámonos. ¿Te puedes levantar? le pregunto la pelirroja. Venga yo te ayudo. Cogió con su mano izquierda la izquierda de Pompilio y tirando sé la paso al hombro mientras que con la derecha, le agarro de la cintura.Ya te ducharas en mi casa y te quitaras esta ropa.
-Que fuerte eres, hermosa. Nos vamos Manolo, a su casa, a ducharme y quitarme la ropa, se dirigió Pompilio al camarero por supuesto, con el guiño habitual.
-Iros con Dios y gracias Andrea por la ayuda, te debo una.
-No hay de que, nos vemos.
-Nos vemos, repitió Pompilio y salieron del bar.
Despacito y con dificultad se dirigieron al portal que estaba a 10 metros, en el mismo edificio. Al llegar, Andrea saco las llaves de su bolso sin soltar la mano de Pompilio que tenia apoyada en el hombro. Este la miraba atonito, sin dejar de sonreír. Pasaron al portal y se dirigieron al ascensor. Pompilio apartó la vista un segundo de su conquista para mirar el portal.
-Pero si este es mi portal, ¿no te he dicho que no tengo llaves?, la pregunto Pompilio contrariado.
-Es mi portal también, ¿no te acuerdas de mí, de veras?
-Pues no, ahora mismo estoy tan borracho que no me acuerdo ni de mí.
Subieron en el ascensor hasta la tercera planta, al salir Pompilio exclamo.
-¡Y esta es mi planta!
-Y aquí es donde vivo yo, delante de tu puerta, soy tu vecina ¿no te acuerdas? abrió la puerta y pasaron.
-¿Cómo has dicho que te llamas, guapa?
-Andrea. De verdad Pompilio, si hasta me regalaste una bandeja de dulces para darme la bienvenida.
Pompilio sé paro en seco, buscando imágenes y recuerdos en su ahumado cerebro. Se acordaba. Una nueva y misteriosa vecina, la Puri que no aparecía, él, impaciente por conocerla y...
-Sí, sí ,si, es verdad, tu... sé quedo con la boca abierta, mirándola con los ojos inyectados y abiertos como dos cebollas rojas. ¡Tú, Oooo, noooo!... y sé desmayo en los brazos cansado de Andrea que exasperada, le dejo caer al suelo.

Tenia ganas de orinar, pero le daba vergüenza salir así del dormitorio. Pero no podria aguantar ni un minuto más, así que sé levanto de la cama y abrió despacito la puerta del dormitorio. Justo delante de la puerta del dormitorio se hallaba la puerta del baño, estaba abierta y la escena que se encontró era un poco inusual. Una pelirroja, sin pecho, se estaba afeitando delante del espejo. Al escuchar el ruido de la puerta, se giro hacia él.
-Buenos días Pompilio, ¿estas bien? por que, vaya noche.
Pompilio, con la cara lívida y la sonrisa torcida, levantó aturdido la mano indicado los 18 centímetros erectos que asomaban debajo de la cintura de la pelirroja.
-¡Uy! perdona, es lo que pasa por la mañana, sé ruborizo la pelirroja y luego exclamo: ¡Nooo, otra vez noo, que me tengo que ir!
Demasiado tarde, el pobre Pompilio sé habia desmayado otra vez.



"El milagro de Navidad"

Ya estaba bien por hoy. Recogió el dinero que le habían echado encima de la funda y se lo metió en el bolsillo, luego guardó la guitarra y se encaminó hacia las taquillas. Para un 24 de diciembre no había sacado lo que había pensado que iba a sacar. Desde que le echaron del trabajo no había levantado cabeza, estaba cansado ya de dejar por lo menos 50 currículos todos los días y nada, ni una llamada, ni una pobre entrevista. El paro no era ni la mitad de lo que ganaba trabajando y se le iba casi todo en facturas, así que, un día después de dejar otros 50 currículos, decidió que ya estaba bien por ahora y que se dedicaría una temporada a tocar la guitarra como en los viejos tiempos, cuando no tenia trabajo, ni paro y sacar un dinerillo extra ahora, con las navidades. Claro, entonces con la peseta sacaba al día de sobra para todo los gastos y la gente también era mas amable y generosa. Pero los tiempos habían cambiado, la vida había cambiado, su vida había cambiado. Se saco un billete de la maquina, cogió el metro y pa casa. El viaje duraba como 45 minutos y siempre iba medio dormido, como era la ultima parada aunque se quedase dormido, alguien siempre le despertaba. Pero hoy el tren estaba a rebosar, hoy sentarse ni soñando. La muchedumbre hablaba fuerte, se les veía satisfechos y alegres y a alguno ya, un poco achispado. A el no le esperaba nadie en casa, las navidades las iba a pasar solo este año. Si se hubiera ido al pueblo, todo el mundo no hubiera hecho mas que preguntarle sobre su ex, sobre su trabajo que ya no tenia y sobre su patética vida. Era mejor así, ya vera, igual la noche-vieja la pasará en la casa de su vecino, o vecina aun no sabia muy bien como calificar a Andreea, que le invito el otro día a la fiesta de despedida del año, que celebraba en su casa. Llego a su destino cansado, salio del tren y subió a la superficie. Hacia mucho frió en la calle y encima estaba nublado. 20 minutitos mas y ya estaría a cobijo, en su casita. Le animo la idea de la noche-vieja, allí de fiesta con toda esa gente rara, el también era bastante rarito, a lo mejor por esas razón le caía bien a Andreea. Era un buen tío o tía, que mas daba, era una buena persona, que siempre estaba dispuesta a ayudar a quien fuera. Empezó a chispear, no le gustaba que lloviera en invierno, como era del norte le gustaba la nieve y en Madrid pocas veces nevaba y cuando lo hacia duraba demasiado poco para su gusto. El chispeo poco a poco fue aumentado de velocidad, hasta que se transformó en lluvia, menos mal que había llegado al portal antes de que se empapara.

Entro y subió a su piso. Abrió la puerta de su casa y encendió la luz del hol. Se quito la chaqueta y los zapatos, coloco la guitarra encima del zapatero y se dispuso a entrar en el salón. Un pequeño ruido, que no pudo identificar, procedente del salón le hizo dar un saltito. La habitación estaba a oscuras, tanto por las persianas que estaban bajadas como por la hora y también por que afuera estaba nublado. Se acerco despacito y empezó a escudriñar la habitación, pero otro ruido al lado del sofá le hizo retroceder. Cogió la guitarra por el mástil y volvió a encaminarse hacia el salón.
- ¿Hay alguien? se avergonzó de la voz trémula que le salio tímidamente por la garganta, así que repitió la pregunta con mas convicción.
- ¿Hay alguien?
Su mano buscaba sobre la pared el interruptor que parecía haber desaparecido en el peor momento. El la oscuridad del habitáculo justo delante de sus ojos diviso dos puntitos centelleantes, dos esmeralda ¡dos ojos de que le miraban fijamente! Su mano dejo de buscar el interruptor mientras soltaba un grito de desesperación:
- ¡Socorro!
Tiró la guitarra hacía los que le asechaba en la oscuridad, se dio media vuelta, abrió la puerta y salio atizandola con todas sus fuerzas.
- ¡Socorro! no dejaba de gritar mientras golpeaba la puerta de enfrente con los puños. La puerta no tardo en abrirse.
- ¿Que ocurre Pompilio, que te pasa? Tranquilizate hombre, que te va a dar un ataque.
- Menos mal que estas todavía en casa Andreea, por favor ayudame, hay algo en mi casa, un animal o algo, no llegue a ver lo que era, pero esta allí, le he escuchado moverse por la casa y he visto sus maléficos ojos en la oscuridad.
- Hombre de Dios, tranquilizate, que seguro que no es lo que crees que es. Ya veras como no es nada. Venga, dejame las llaves, entraré a ver que hay allí dentro.
- ¡Mis llaves! Las he dejado dentro, vaya por Dios. Y ahora que hago. ¿Llamamos a la policía, a los bomberos y una ambulancia por si alguien resulta herido? chillo desesperado Pompilio
- Ya esta bien. Ves los impulsivo que eres cuando te pones nervioso, ¿quien mas tiene las llaves de tu piso? ¡Piensa!
- ¡La Puri!
- La Puri, si hasta yo lo sabia, has visto. Vamos a llamarla, para que suba con las llaves.
- No me dejes aquí solo, te lo suplico, empezó a lloriquear Pompilio.
- La llamo al teléfono, no te preocupes, le contestó mientras se sacaba el móvil del bolsillo. Buscó unos segundos el numero en la agenda y llamó
- Hola Puri, soy Andreea. Mira, podrías subir un momento con las llaves de Pompilio. Sabes, la ha liado como siempre y se ha dejado las llaves por dentro, encima esta super asustado por encontrar algo extraño en su casa.
- Ahora sube. ¿Estas mejor? le pregunto.
- Si, perdoname, me alteré mucho, igual no es nada, solo mi imaginación. Ni siquiera te he dicho lo bien que te queda la ropa de fiesta que te has puesto.
- Gracias, ya veo que estas mejor. Mira aquí esta Puri, comento Adreea mientras la puerta del ascensor se abría. Efectivamente allí estaba Puri con una gran sonrisa dibujada en su rostro, perfectamente maquillado.
- ¿Que te ha pasado Pompilio? La has vuelto a liar, vamos a abrirte la puerta que me tengo que ir. Ya sabes la cena, esa cena en la que no has querido participar, todavía sigue en pie la invitación, solo estaremos yo con dos amigas miás.
- Gracias Puri, te lo agradezco de veras, pero ya sabes que yo no pinto nada ahí. No, no, no, no te dejare entrar, es peligroso, salto Pompilio al ver que Puri estaba por entrar en el piso.
- Dejame a mi, Puri. Yo entraré, no pasa nada Pompilio, le dijo Andreea al ver la cara de preocupación que tenia el hombre.
- Ten cuidado Andreea, vale, a lo mejor esta herido, le he tirado la guitarra y creo que le he dado.
- ¡Has hecho que! gritaron a unisono las dos mujeres mientras Andreea. se apresuraba a entrar en el piso. Cerro la puerta tras ella.
- ¿Puri, por que ha cerrado la puerta, y si le pasa algo, ahora si que no tenemos llaves?
- Tranquilo, ya veras como dentro de nada sale, sana y salva, le contesto Puri.
Y realmente lo hizo. Andreea abrió la puerta sonriendo con culpabilidad.
- Ya puedes pasar, no hay peligro alguno, solo ha sido un milagro de Navidad.
- ¿Un milagro de Navidad? pregunto Pompilio mientras que se encaminaba incrédulo hacia el salón, seguido de cerca de Purificación.
El salón estaba cubierto de plumas, como si la Navidad hubiera entrado con su nieve pidiendo protagonismo. Entre las plumas, aparte de las dos fundas de almohada hechas polvo, se veían trozos de pollo asado y alguna patata, también asada. Hasta pudo divisar un trozo deforme de tarta encima del sofá. La guitarra estaba recogida y descansaba sobre el sillón.
- ¿Que ha pasado aquí? balbuceó Pompilio.
- ¡Ay por Dios! se escucho a Puri detrás. ¿Que es lo que hemos hecho?
- Lo habéis hecho vosotras, por que, por que, empezó a lamentarse Pompilio, no tengo bastante con... ¿Y esa caja blanca con lacitos rojos que esta debajo del árbol? pregunto de repente Pompilio.
- Ese es el milagro, ¿por que no te acercas y miras lo que hay dentro?
Pompilio cruzó con cuidado el salón para no pisar los trozos de comida que estaban por todas partes y se acerco a la caja. Le quito la tapa que los lacito por alguna razón ya no la sujetaban. Al ver el contenido, las olas de preocupación que desde hace unos meses reinaban su frente, poco a poco se fueron disfulminando. Las dos puntas de sus labios que llevaban tiempo direccionadas hacia el sur, de repente cambiaron de rumbo hacia al norte, dibujando una gran sonrisa en su rostro. Metió las manos en la caja y saco la bola de peluche, que se hallaba dentro.
- Es un mestizo de labrador con alguna clase de pastor, no sabemos exactamente. Como sabíamos que te gustan los perros, Puri y yo, pensamos que te alegrarías y que por lo menos ya no estaría siempre solo, dijo Andreea. Le adoptamos de una perrera. Me aviso una amiga mía, que es voluntaria, si no quería alguno. Encontraron cinco en una bolsa de basura en una cuneta, solo sobrevivieron dos, un macho y una hembra. Entonces se me ocurrió, como siempre contabas historias sobre ti y tu perro de cuando eras pequeño y lo mucho que añorabas volver a tener uno, hable con Puri y entre las dos te preparamos esta sorpresa. Tiene que haber un nota por aquí, donde te explicaba todo esto, pero a ver quien la encuentra ahora, con todo este desastre.
- Y además te preparé un pollo asado con patatas y una tarta, pero no se como milagros salio el chucho de la caja y se encargo de la comida. Y eso que estaba atada la tapa con unos lacitos, completo Puri.
- Y que mas da chicas, es el mejor regalo de Navidad que me han hecho nunca, tengo un perrito, un perrito que yo por mi cuenta nunca me atreví a coger. Le voy a llamar Belle Ami. Y Puri, si no te importa, pon un cubierto mas sobre la mesa, por que me parece que cenaremos contigo y con tus amigas. ¿Verdad Belle?Gracias chicas, vosotras sois el milagro, por ser como sois.
Con el chucho en sus brazos y con la felicidad en su alma, Pompilio se acerco a sus amigas, las abrazo y exclamo como nunca lo había hecho desde hacia años:
- ¡Feliz Navidad!





"Andreea"

Delante del espejo de su pequeñito y confortable baño, Andreea se pasaba los dedos con terneza por la barbilla, buscando algún desperfecto. Le sonrió satisfecha a su reflejo androgino y delicado, guiñándole traviesa el ojo mientras que sus manos bajaban lascivamente por su cuello de cisne, buscando sus dos blancos y redondos pechos que acunó con un suspiro en las palmas de sus manos. Se quería mucho y estaba satisfecha con su cuerpo, las nuevas tecnologías, dentro del mundo de la estetica, habían hecho un trabajo sublime con su cuerpo.

 No le fue fácil subir las sendas empinadas y llenas de obstáculos de su vida, sin embargo, no desistió hasta alcanzar sus metas. Desde muy pequeña se dió cuenta de que era diferente, de que las personas que la rodeaban la miraban con desaprobación y casi siempre meneando la cabeza como apenados. No entendió muy bien porque su madre siempre la obligaba vestir como un chico y jugar con cochecitos. Ella como todas las niñas de su edad quería lucir melenita, un vestidito y jugar con las muñecas. En el colegio la llamaban La Nena, y las bromas pesadas, las collejas y el desprecio de los profesores y alumnos, no tenía limites. Con 16 años dejó el instituto y se fugó de casa para vivir con un joven 10 años mayor que ella, que conoció en una discoteca y que parecía entenderla, eran felices y eternamente enamorados. La ayudó a encontrar un buen trabajo como recepcionista en un elegante y caro restaurante de Madrid. Sus padres no se cansaron en buscarla, parecían hasta aliviados del peso que se les quitaba de encima. El amor eterno les duró 2 años, se separaron como buenos amigos y decidieron seguir viviendo en el mismo piso, hasta que las circunstancias lo permitían. Con casi 19 años ya tenia ahorrado un buen dineral, gracias principalmente a las propinas y también por no tener que pagar el alquiler los dos años que estuvieron como novios. A través de su amigo también, consiguió tener su propio negocio en el cual invirtió todo su dinero, era joven y podía arriesgar, sino ahora ¿cuándo? El negocio fue un acierto y un gran exito, y en poco tiempo recuperó todo el dinero invertido, ahora solo restaba hacer lo que siempre había deseado, desde que habia entendido su situación. Empezó con las largas sesiones y a veces no muy cómodas de la depilación láser, hasta eliminar todo lo que tenia y lo que quería eliminar. Descansó un año y luego hizo el segundo y un poco más caro, deseo realidad, siguiendo las recomendaciones del médico, de no más grades de una talla 95. Una 95 pues, no quería más, solo quería que se vieran bonitos y naturales, su piel blanca casi transparente también acompañaba. Antes de dar el gran paso, el que mas deseaba y el último, lo que más le hacia falta era un coche y un piso, solo y únicamente para ella. Se decantó por un Mini, se lo permitía y por un piso en las afueras de la ciudad, salia mucho más barato y era mucho más tranquilo.


Allí, en muy poco tiempo consiguió, lo que en las afueras era más difícil aún que en el centro de la ciudad conseguir, dos buenos amigos. A Puri una mujer de mediana edad muy cotilla pero coqueta y muy buena persona y a Pompilio, con el que tuvo unas cuantas experiencias anecdoticas que les llevaron a entablar una gran amistad. Ahora solo faltaba dar el paso decisivo, estaba segura de que quería hacerlo, aún así tenia un poco de miedo, una operación de cambio de sexo siempre impone, pero era lo unico que le faltaba para conseguir lo que su alma y todo su cuerpo sentía, ser mujer en todos los aspectos, volver a nacer.

"Solemos y nos gusta juzgar indiscriminadamente a otros por ser diferentes de los demás y somos tan superficiales, viles y egoístas que no queremos ver ni nos importa el porqué de esa diferencia."




Misterio en el Parque

Se cumplía un año desde que estaba parado. Llegó a casa más desmoralizado todavía de cómo había salido esa mañana. Con la cartilla del paro cambiada, pero ahora con fecha de caducidad se sentía más miserable que nunca. La gente que se encontró en la cola del paro parecían tener todos las misma similitudes de compostura que él: mirada preocupada, sonrisa triste, ceño fruncido y hombros caídos. Sin embargo, debería sentirse dichoso, otros habían agotado ya cualquier ayuda social mientras que a él, le quedaba cobrar todavía un año más. ¿Pero cómo podía sentirse alguien afortunado, cuando en 365 días solo le habían llamado de tres empresas para entrevistarle, de más de 300 por toda la Comunidad de Madrid que habían recibido, supuestamente,  su currículo? Eso desmoralizaría hasta a Leibnitz, echando por tierra su visión sobre nuestro mundo:” El mejor de los mundos”. O puede que no, definitivamente hay personas que llevan mejor que otras las malas rachas, la miseria y la falta de oportunidades. Desgraciadamente, su optimismo se iba desvaneciendo poco a poco, dejando en su lugar una densa e inescrutable niebla de incertidumbre. De camino a casa, el único pensamiento que rondaba en su cabeza era la fecha límite de la flamante y ultima cartilla que acababa de recibir. No le animó ni los intentos de alentamiento de Belle, al abrir la puerta de su piso, que no paraba de saltar a su alrededor, ladrando alegre. Se quitó las chanclas en el hall de la entrada, y con el perro pisándole los talones, se encaminó hacia la habitación de música, como solía llamarla, donde guardaba la guitarra y el órgano. Se quedó un momento en la puerta indeciso, luego se acercó al órgano, le encendió y empezó a tocar la maravillosa combinación de notas de Für Elise. Tocar y cantar era como una terapia para él, y encima no le costaba nada, pero cada vez resultaba menos eficaz, lo que antes conseguía ahuyentar parte de los problemas que le consumían, ahora, solo los alejaba lo justo para poder volver enseguida y más afilados. En cuanto empezó a tocar, al son de las notas, su fiel amigo caracoleó tres veces y se tumbó a sus pies. Se tiró tocando un par de horas, alternando partituras clásicas con actuales, hasta que el hambre empezó a hacerle cosquillas en el estómago. Pompilio, apagó el instrumento y se marchó a la cocina. Abrió la nevera para comprobar si le faltaba algo, luego le colocó el arnés y la correa a Belle y salieron a comprar el pan. Hoy no gozaba del humor necesario para jugar con el chucho, así que se limitó en comprar pan en el chino de la esquina, esperó que el perro hiciera sus necesidades fisiológicas y enseguida volvió a subir al piso. Afortunadamente, pudo evitar a Puri también, a la que había visto salir del portal justo cuando daba la vuelta a la esquina, quedándose quieto unos segundos hasta que la mujer se había alejado lo bastante para aminorar el riesgo de divisarle. Si le hubiera pillado en ese estado, habría insistido en que comiera en su casa, hablar con ella y desahogar sus penas, y definitivamente no se hubiera conformado con un no por respuesta. Buena mujer, pero un ambulante molino roto, que en vez de escucharte te daba las noticias bien detalladas de lo que había ocurrido en los últimos días en el barrio o de lo que estaba a punto de suceder. No quería faltarle al respeto después de todo lo que había hecho por él, así que pensó que lo mejor sería evitarla unos días hasta que el “efecto cartilla del paro” perdiera frescura. Ya en casa, guardó el arnés y la correa en el armario de la entrada, preparó unos huevos fritos con cebolla, tampoco tenía ganas de cocinar, llenó el cuenco metálico de Belle con pienso y se trasladó al salón con su plato y un gran trozo de pan  en una mano y con el cuenco del perro en la otra.
-Hoy comemos juntos, - le dijo. -Pero  no te acostumbres, -añadió mirando con cariño a su amigo que se limitó a mover la cola y a lamerse el hocico.
Encendió la tele y comieron los dos, uno con ganas y otro con menos, uno pidiendo suplemento al acabar y el otro casi sin poder con sus huevos. Sin embargo, su obsesión por la  limpieza no le abandonaba aunque se derrumbara el cielo, y cuando acabó de comer se dirigió a la cocina, fregó bien los platos, la sartén y los cubiertos que había utilizado para preparar la comida, luego volvió con la aspiradora de mano que pasó sobre la mesa eliminado las posibles migas de pan que podrían haberse extraviado, para acabar aspirando esmeradamente todo el salón, vigilado en todo momento por los atentos ojos del can, que se había acomodado en el sillón. Guardó la aspiradora, apagó la tele y encendió el portátil. Se tiró toda la tarde buscando ofertas de empleo por la red. No había mucha oferta, en cambio, había mucha demanda, gente como él, desesperada, sola, anunciando a los cuatro vientos su disponibilidad inmediata. Lo único que reconfortaba un poco sus penas era el hecho de que nadie dependía de él salvo él mismo... y el perro. Después del divorcio y después de perder su trabajo la soledad le acechaba de cerca y continuamente, si no tuviera a Belle, y ¿por qué negarlo? a sus dos amigas, Puri y Andreea, posiblemente hace ya mucho que se habría vuelto majareta. Después de cuatro horas de búsquedas poco fructíferas, apagó el portátil. El clic de la pantalla sobre el teclado hizo que Belle levantara la cabeza. No se había movido de su sitio en todo este tiempo, solo había alzado de vez en cuando el morrito al escuchar algún sonido ajeno al piso. Se bajó del sillón, se estiró largo y tendido, se sacudió la pereza y con más alegría a que nunca se encaminó hacia la puerta de la entrada lloriqueándole a su dueño que le sacara a pasear.
-¡Ya voy! -le espetó Pompilio.
Esta vez se llevó la pelota de tenis acordándole más tiempo a su amigo que al mediodía. Luego subieron, cenaron y antes de las ocho de la tarde Pompilio ya estaba empezando a preparar el dormitorio para acostarse, quitar la colcha, golpear las almohadas y abrir la ventana. No le gustaba dormir en el sofá, otros celibatos lo hacían sin duda, pero él no era como otros, él tenía ciertas reglas, más bien obsesiones sin las cuales no podía vivir. Solía prepararse la cama con antelación, y cuando Morfeo empezaba a acariciarle los parpados, solo restaba apagar la tele, recorrer los pocos metros que separaban el salón del dormitorio, bajar la persiana y acostarse. 
Pero esta vez, al abrir la ventana algo interfirió en el orden de sus manías. A lo lejos, en el parque que el ayuntamiento había inaugurado hace tan solo una semana, algo le llamó la atención. No era nada inusual, si no fuera por el color rojo intenso de su vestimenta, nunca se habría fijado en esa silueta encorvada, sentada en uno de los bancos recién estrenados del parque. Parecía llorar o pensar o vomitar o simplemente descansar. Se la quedó mirando un buen rato, esperando que se moviera, que hiciera algo. No ocurrió nada, así que decidió dejar de espiar a la gente y siguió con sus tareas. En menos de cuatro minutos ya estaba sentado en el sofá haciendo zapping, acompañado por su fiel amigo que descansaba su cabeza sobre el regazo de su dueño. El día había pasado igual que casi todos los anteriores, monótona sin ningún acontecimiento que alterara su rutina. Se decidió por el doble capitulo de una serie en boga y luego para rematar la faena optó por una mala película de acción que a la media hora haría inconscientemente efecto sobre sus parpados, bajándolos despacio. Pompilio apagó la tele, y animal y amo se desplazaron somnolientos al dormitorio. Cuando se dispuso a bajar la persiana sus ojos se dirigieron otra vez, instintivamente hacia la figura de rojo del parque, iluminada por la farola que escoltaba el banco. Seguía en la misma postura, triste, pensativa y decaída, inclinada hacia adelante. Un escalofrió le estremeció de los pies a la cabeza. A esa persona definitivamente le pasaba algo. ¡Estaba muerta! Su particular fatalismo se adueñó de su cerebro que enseguida comenzó a trabajar aceleradamente en las hipótesis de lo que podía haber ocurrido. Un pescuezo rajado, un corazón atravesado o simplemente una sobredosis o un infarto pudieron acabar con la vida con esa persona. El lloriqueo de Belle, reclamando su sitio en la ventana, le sacó del trance.
-Ven, sube, -le dijo mientras le hacía sitio. El perro se levantó sobre las patas traseras posando las delanteras sobre el marco de la venta.
-¿Qué te parece, no acercamos para ver qué pasa?
El perro le miró interesado ladeando la cabeza. El gesto le hizo recordar la última vez que metió la pata basándose en sus fantasiosas teorías. Recapacitó, bajó la persiana y se metió en la cama. Belle le siguió y se instaló como de costumbre a sus pies, hecho un caracol. Sin embargo, su amigo Morfeo se había esfumando dejando como sustituto un gran signo de interrogación que mantenía sus parpados bien abiertos. Como empujado por un resorte, se levantó de la cama y subió la persiana. Belle se sobresaltó soltando una especie de ladrido sin moverse de su sitio.
-¿Qué hacemos amigo? ¿Llamamos a la policía o nos acercamos primero, por si acaso?- preguntó girándose hacia el perro.
Miró el reloj electrónico que descansaba sobre la mesita de noche, y con convencimiento se quitó el pijama y se puso rápidamente un chándal. Con la velocidad de un águila real cazando se dirigió hacia la puerta de la entrada, la abrió, encendió la luz de la escalera y posó el dedo sobre el timbre de la puerta de enfrente. Insistió, pero en vano, Andreea no estaba o no quería abrirle. Puri estaría dormida ya sin duda, no estaba seguro si quería molestarla, pero eso era un asunto de vida y muerte y antes de hacer nada tenía que consultarlo con alguien. Con el riesgo de recibir dos ostias bien merecidas, Pompilio bajó las dos plantas que le separaban de su vecina, y sin cavilar, llamó dos veces seguidas al timbre del piso de Purificación. La mujer no tardó en abrir la puerta recibiendo a su vecino con los ojos medio pegados y con cara de pocos amigos.
-¿Qué quieres? -le espetó con voz ronca.
-Perdóname, por favor, pero ha ocurrido algo y no consigo dar con Andreea.
-No consigues dar con ella,  porque no está. Se ha ido a Barcelona para solucionar un problema personal.
-Vaya... -dijo pensativo Pompilio. -Puri, necesito tu consejo, -prosiguió. Hay una persona sentada en un banco en el parque de enfrente, que lleva sin moverse de sitio desde las 8 de la tarde o incluso antes. Pienso que le ha pasado algo malo. Pero no me atrevo a hacer nada, porque como diría Andreea “seguro que es otra de mis tonterías”.
-Estoy convencida de que lo es, -le contestó la mujer con voz burlona. -Lo único que te sacaría de dudas seria acercarte y comprobarlo tú mismo.
-¿Solo?
-Sí.
-No piensas acompañarme, la preguntó incrédulo.
-Claro que no.
-Pero, si a ti te interesa todo lo que pasa en el barrio, intentó persuadirla Pompilio.
-Primero tiene que pasar algo ¿no? Conociéndote seguro que si te acompaño, tendré que lidiar yo solita con el asunto. Es hora de que dejes a un lado tus penas, tus desgracias y tus miedos y coger de una vez el toro por los cuernos ¿No lo crees? Nadie puede solucionar tus problemas aparte de ti. Ve y soluciona el asunto tu solito, sin la incondicional ayuda de Andreea y sin la mía. Luego me buscas y me cuentas que es lo que ha pasado, -diciendo eso, con un suspiro, le cerró la puerta en las narices.
Pompilio se quedó petrificado, el sermón le había pillado desprevenido, golpeándole fuerte e inesperado. Desgraciadamente, todo lo que le había dicho Puri no era otra cosa que la cruda realidad, su realidad que tozudamente se negaba a aceptar. Sus actos solo era una manera infantil de llamar la atención de las personas que no necesitaban estímulo alguno para probar su interés y amistad hacia él. Sin embargo, no lo podía evitar, se había convertido en una especie de gesto reflejo. Con las palabras de Puri frescas en su cabeza, mecánicamente subió hasta su piso, cogió a Belle y bajó a la calle. Orientó sus inseguros pasos hacia el parque, mirando al vació, rebuscando en el pasado indicios que pudieran elucidar donde y como había perdido su buen carácter. Belle caminaba a su lado tranquilo, sin tirones, sin pararse a olisquear, parecía igual de abatido que su dueño, o lo más probable desconcertado por el tan tardío paseo.  Había poca gente por las calles, la mayoría jóvenes despreocupados por el día de mañana. Pompilio no tardó mucho en llegar al parque, ya podía divisar entre las ramas de un joven pino recién plantado, el rojo de la prenda que abrigaba a la misteriosa figura. Pensó que lo mejor sería acercarse por delante, para no asustarla, en el caso de que solo estaba durmiendo o descansando, así que desvió sus pasos, realizando un pequeño rodeo para posarse a tan 20 pasos delante del gran enigma. Se acercó sigilosamente, mirando con desconfianza cuando a la derecha cuando a la izquierda. El parque estaba vació, solo estaba él, el perro y la figura que tenía delante. La luz tampoco le ayudaba mucho, no podía distinguir bien si se trataba de una mujer o un hombre, puesto que la postura que tenia, hacía que toda la partera posterior de su cuerpo se quedara en la sombra.
-¿Oiga? -preguntó y se sobresaltó al mismo tiempo, sorprendido de su propio todo de voz, incomprensiblemente seguro.
Cuando estuvo lo bastante cerca, soltó la presión de la correa extensible que mantenía al can cerca de él, con la esperanza de que su amigo se acercara al banco. Belle se acercó al banco olisqueando el camino hasta allí, olisqueo también alrededor del banco pero sin prestarle atención a la persona que seguía sentada en el banco, inmóvil como una estatua. Viendo la falta de interés del chucho hacia la silueta de rojo, Pompilio, con el corazón en la garganta, recogió la correa con rapidez hasta que su amigo volvió a su sitio, bien pegado a su pierna. Ya podía distinguir las piernas del mismo color oscuro que la falda que las cubría hasta las rodillas y encima de ellas, descansaban los codos. Con cada paso, se esclarecía más el misterio, y cuando por fin llegó a su lado, le sonrió triste y se sentó a su vera en el banco. En las manos, la mujer sostenía un gran libro abierto del mismo material ennegrecido del que estaba hecha toda su figura. A sus pies había una tabla de bronce empotrada en una especie de bloque de piedra que decía: “Mujer leyendo” y debajo el autor de la escultura. La risa tonta se apoderó de las mandíbulas de Pompilio y solo le abandonó cuando en su casa, en su cama, por fin consiguió dormirse. Pero antes de abandonar a la “Mujer leyendo” le quitó la sudadera color rojo que algún bromista se la había colocado aposta o algún despistado se la había dejado para que la abrigara, y la tiró al próximo contenedor que se encontró.




El perro que veía la tele

Habían pasado ya 4 meses desde que Belle se había hecho dueño total de la casa y de su vida. No le importaban los madrugones, los regalitos que de vez en cuando el chucho le dejaba por el piso y que por alguna extraña razón los encontraba siempre debajo de las zapatillas. Su vida había cambiado por completo, tenía compañía, entretenimiento y amor, del perruno, ese que tan poco se ve en los humanos, ¿como se llamaba? Ah, el incondicional. También había cogido unas cuantas habilidades como cocinilla, siguiendo los pasos de algunos blogs de cocina que se encontró por la red. Cada vez que hacía algún postre más especial, guardaba dos raciones para sus amigas Puri y Andreea, que siempre alababan sus dotes culinarias, no estaba seguro si por respeto o porque realmente les gustaba. No le importaba demasiado, posiblemente, pensando egoístamente, lo de cocinar y compartirlo con sus vecinas lo hacía  por los halagos recibidos.
Era un jueves por la tarde, y en la estancia y en el vecindario se hacía notar un suave y apetitoso olor a vainilla. Pompilio se enfundó los guantes de cocina y sacó las dos bandejas de galletas del horno. Tenían un aspecto maravilloso y olían que te quitaba los sentidos. Inhaló con ganas los vapores serpenteantes que salían de las galletas y sonrió satisfecho. Una de las bandejas la vació sobre dos platos y de la otra llenó un gran cuenco que colocó en el salón, en la estantería, siempre seguido de cerca de su leal amigo. Encendió la tele para que el perro no se sintiera solo, y salió para llevar los dos platos de galletas a sus amigas. Cuando volvió, después de pisar otro regalo en el recibidor, que parecía dejarlos aposta el perro, y después de limpiar y de obsequiarle con una buena bronca que el can parecía recibirla solemnemente mirándole sin pestañear, cogió el mando de la tele y se sentó en el sofá haciendo zapping, en busca de algo que le entretuviera lo que quedaba de tarde. Se decantó por un película bélica de malos y buenos, aunque al final de estas películas nunca sabía quienes eran los buenos y quienes los malos, siempre volvía al mismo genero, a ver si algún día alguna se lo aclarase.  Belle estaba sentado enfrente de la tele, mirándola fijamente, mientras que de su boquita salían unos chirridos suplicantes.
-¿Qué pasa fiera, no te gusta la peli, a ver si ahora tampoco voy a ver lo que a mí me gusta? -preguntó Pompilio al perro mientras que le empujaba con el pie. Pero el chucho no se movía, estaba como hipnotizado, presa de tan escatológica película. Pompilio, picado por la impasibilidad del perro cambió de canal.
-Ahora te vas a enterar, continuo hablando,  buscando el maravilloso mundo del canal de tele tienda. El chucho levantó un poco su trasero, cumpliendo así las expectativas de Pompilio por un segundo, para acomodarse mejor sobre sus dos patas traseras y más cerca de la caja tonta.
-Esto es increíble, un perro viendo la tele, dijo soltando un risita  cambiando a un programa de música y luego a uno de telenovelas. Nada, el chucho seguía hipnotizado, inamovible, delante de la tele. 
Pompilio se durmió, sin darse cuenta, después de un buen rato cambiado canales y por la mañana al despertarse en el sofá, vio como el perro seguía en el mismo sitio, ahí, delante de la tele, pero durmiendo enroscado como una serpiente, no sabía si por la “extraordinaria” adaptación para la pantalla de El Código Da Vinci, que en ese mismo instante deslumbraba a los tele-espectadores matutinos o simplemente por cansancio. Apagó la tele, pero como si de un silbato invisible se tratara, el perro se levantó, se estiró por lo menos 2 segundos y se postró otra vez delante de la tele, encima de sus patitas traseras, lloriqueando.
Pompilio empezó a hacer sus quehaceres por la casa,  preparó el desayuno para los dos,  cereales para la panza, y llamó al can a la cocina. Cosa extraña, era la primera vez que el chucho le hacía mas caso a otra cosa que a la comida, ¡el muy golosón!, así que cogió el cuenco del perro, y se lo acercó al salón, pasándoselo por delante del hocico. Como por arte de magia, el chucho salió de su trance televisivo, siguiendo a su dueño a la cocina, zampó salvajemente el contenido de su bol y rápidamente volvió a su sitio, en primera fila disfrutando de la incomprensible inexpresividad del protagonista de la película. Después de meditar unos momentos, Pompilio decidió compartir con sus vecinas el extraño caso del perro y la tele, así que las llamó por teléfono y las invitó para que vieran algo no visto hasta ahora en el mundo. Primero apareció Puri, tardo bastante en llegar, como 5 minutos, tiempo récord para la persona más cotilla del barrio. Al pasar, le preguntó intrigada:
-¿Qué ocurre, qué es eso tan extraordinario?
-¿Es que no lo ves?, ni siquiera se ha inmutado, le contestó Pompilio indicando exasperado al perro.
-La caja tonta ha hipnotizado a mi perro, siguió lamentándose el hombre. Mira: ¡Belle, Belle, ven aquí! Le llamó. El chucho giró la cabeza hacía donde se hallaban la vecina y su dueño y empezó a mover la cola en señal de saludo para volver su cabeza en menos de un segundo hacía su nuevo juguete.
-Lo ves, lo ves, está atontado, mira, apago la tele, y sigue allí esperando, la enciendo y sigue ahí, le pongo cualquier cadena, hasta la tele-tienda y sigue petrificado delante de la televisión.
-¡Vaya cosa más rara! Si, es verdad, es la cosa más rara que he visto en mi vida, sentenció Puri en el mismo instante en el que sonó el timbre de la puerta. Andreea hizo su aparición como siempre, guapa y arregladita de los pies a la cabeza y con su jovial y sincera sonrisa como el más preciado de los adornos. Pompilio siempre se quedaba boquiabierto al verla, aun después de tanto tiempo no se había acostumbrado a la idea de que tan esplendorosa aparición, lo que tenia entre las piernas no fuera un marisco. Se repuso rápidamente, cada vez parecía que tardaba menos en recuperase del primer impacto visual y psíquico que le provocaba su vecina, y le dijo.
-Andreea, no sé que hacer, mírale, ni siquiera ladra como lo hacía antes al escuchar el timbre, ni siquiera viene al encuentro para que le mimes, esta allí, dominado por las fuerzas de la caja del demonio. Espera un momento ¿y si la tele esta poseída por un Poltergeist y un día le succiona y me quedo sin él? Eso seria en el mejor de los casos, peor sería que le ordenara que mientras duermo, buscara mi yugular,  -articuló casi sin aliento Pompilio con su particular desesperación.
-Tranquilo, ya te conoces, o mejor dicho, creo que ya te conozco mejor que tú,  sé que tiene que haber una explicación lógica, así que vamos a buscarla.
Se acercaron los tres de puntillas al perro, le rodearon mientras que el chucho les miraba con curiosidad, Pompilio apagó la tele, la encendió, cambio otra vez los canales, mientras que sus amigas observaban atentas al chucho. Después de un buen rato sin encontrar el motivo del repentino interés del can hacía la televisión, una idea empezó a asomar en la cabeza de Puri.
-¿Y si llamamos a algún periodico o al Telemadrid mismo? Igual pagan algún dinerillo por una cosa así.
-Tiene que haber algo, ¿pero qué? Dijo Andreea, sin hacerle mucho caso a la Puri, mirando contrariada al perro y a la tele.
-No lo sé, es algo demasiado insólito, pero estoy convencida de que la solución está delante de nuestras narices, pero si el chucho sigue igual, estoy de acuerdo con Puri, mañana llamamos a algún periodico a ver que nos dicen. ¿Puedo coger una galleta?  Preguntó Andreea señalando el gran bol que con tanto alboroto quedó en el olvido en la estantería, encima de la tele.
-Me chiflan, están riquísimas, debería plantearte hacer negocio con esto, abrirte una tienda de galletas por Chueca, ya sabes que conozco a gente que podría dejarte a precio algún local,  creo que triunfarías.
-Por supuesto, le contestó Pompilio saliendo con dificultad de los delirios de grandeza que se apoderaron de sus sentidos en el momento en el que Puri, notificó lo del dinerillo que podía significar tal acontecimiento. Ya se había imaginado los titulares en todos los periódicos: Pompilio y su amigo Belle, el único perro que ve la tele, y ya había llenado la bañera para zambullirse en billetes. De vuelta a la realidad se sentó en el sofá y añadió:
-Acerca el bol, para servirnos todos.
Puri siguió a Pompilio al sofá dejando sitio en el medio para Andrea, que se acomodó entre ellos, con el cuenco de galletas en el regazo. Tres manos se encontraron buscando con avidez la más grande, igual que las tres bocas se quedaron abiertas después del primer mordisco al ver como el chucho se sentaba delante de ellos lloriqueando, con la mirada clavada en las ricas galletas que llenaban el bol.






Amistad 

-Hola Antonia. ¿Qué tal?
-Bien hijo, tirando que no es poco.
-Mira a ver si hay algo.
-…No hay nada, lo siento.
-A volver a echarlo entonces.
-Son…8 euros.
-Toma. Venga, gracias. Hasta luego.
-Suerte. Adiós.
Todos los martes la misma rutina, la misma administración, la misma corta e insípida conversación y la misma desilusión, lo único que variaba era la hora. Llevaba años jugando los mismos números, pagando la misma cantidad de dinero, más un euro de propina para Cándido, un sin techo, bastante mayor, que solía sentarse en una silla, en la equina del local deseando a todo el que entraba o salía, buena suerte. Era un buen sitio para pedir, aunque él hombre no lo hiciese nunca, principalmente porque no le hacía falta, casi todos los días algún afortunado, indiferentemente de lo que ganaba le entregaba algo de propina. Hasta los más desgraciados, los que llevaban meses sin ver siquiera un pobre reintegro, le dejaban algún dinerillo por si les traía suerte. A Pompilio le pasaba lo mismo, aunque apenas llegaba al fin de mes con lo que cobraba de paro, el presupuesto de una semana para la lotería más el euro adicional no se vieron alterados. La mayoría de las veces se quedaba un rato para hablar con Cándido, que tenia la cualidad poco usual de saber escuchar y de saber decir las palabras que uno esperaba y necesitaba oír. Nadie sabía con exactitud cómo ese hombre mayor, culto y sobre todo sobrio había llegado en esa deplorable situación. No sabían porque les importaba un pepino, contribuir con una moneda de vez en cuando era más que suficiente para poder sentirse en paz con sus benéficas almas. Pero no para Pompilio, su inquieto carácter siempre buscaba la satisfacción en lo extraño, donde todos veía normalidad él buscaba el misterio, por donde todos pasaban mirando al frente él indagaba entre las huellas. Cándido había aparecido en esa esquina justo unos días antes del divorcio de Pompilio. Al principio eran solo saludos, luego los saludos se vieron acompañados de dos o tres palabras, hasta que al final llegaron a contarse uno a otro sus penas, algún que otro chisme y finalmente sus vidas. Pero ese martes la rutina se vio alterada. La silla de la esquina faltaba igual que su dueño. Al salir de la administración y mientras intentaba tranquilizar a su amigo can, que saltaba denunciando a ladridos su breve ausencia, Pompilio miró contrariado el sitio vacío con la extraña sensación de que allí faltaba algo, como si alguien hubiera cambiado de lugar algún mueble que llevaba en el mismo sitio más de 3 años. Abrió la palma de su mano y contempló el euro que tenía preparado para entregárselo a su… Se lo pensó unos segundos, no estaba seguro de cómo calificar a Cándido. ¿Era solo un conocido con el que hablaba porque no tenía nada mejor que hacer o era un amigo que hasta ese mismo instante no sabía que tenía? Una persona que estaba dispuesta a escuchar todas las chorradas de la vida de otro, aconsejarle y alentarle siempre con palabras apropiadas por solo una triste moneda a la semana era definitivamente un amigo. Pompilio cerró el puño y se lo llevó al bolsillo del pantalón dejando que la moneda se escurriera dentro, miró otra vez el desierto de la esquina y preocupado se encaminó hacia su casa. Al día siguiente y luego al próximo las veces que sacaba al chucho a pasear volvía a pasar por delante de la tienda pero Cándido continuaba sin aparecer. Pompilio preguntó si sabían algo sobre su amigo a la dueña de la administración y a Puri, su vecina cotilla, pero las dos le contestaron de la misma manera, frunciendo los labios y levantando los hombros. Nadie sabía nada sobre el paradero de Cándido.
El viernes por la mañana justo cuando se disponía a salir con su fiel amigo a pasear, el timbre de su piso sonó inesperadamente. Cerró la puerta de paso al salón, delante de las narices de Belle, que no paraba de ladrar sobreexcitado y abrió la puerta. Un repartidor de correo urgente le entregó un gran sobre amarillo por el que firmo con bastante recelo y solo después de ver el nombre del remitente. Cerró la puerta y con el sobre en las manos pasó al salón y se sentó en el sofá mirando asombrado el nombre del expedidor: Cándido Medina Alor. Abrió frenéticamente el sobre con el hocico investigante del perro de por medio. Dos fajos de billetes de 500 euros y una nota se materializaron bajo su incrédula mirada entre las trizas de papel amarillo. Contempló los billetes con ojos desorbitados y luego la nota que seguidamente empezó a leer.

“Querido amigo. Solo quería que supieras que estoy bien y de camino a las islas Seychelles, un viejo sueño mío. En todos estos años cada semana, aparte de tu grata compañía me entregabas un euro, cosa que he apreciado siempre pero dada nuestra amistad me parecía fuera de lugar. Para evitar posibles malentendidos decidí no decirte nada e invertir ese eurillo en una apuesta semanal en La Primitiva. La semana pasada el gran bote fue a parar en los números que me había expendido la maquina. Desde el día que aparecí en esa esquina me has entregado un 0,5 % de tu ganancia mensual indiferentemente de tu situación. Aquí tienes 50.000 euros, son el 0,5 % del boleto ganador, es mi regalo para ti para que puedas abrir esa Cookielandia con la que sueñas. No sé cuando volveré pero espero seguir contando con tu amistad cuando lo haga. Un abrazo amigo.”

Sexo...

Pompilio abrió los ojos de par en par. Se había acostado pensando en no quedarse dormido por la mañana y se había despertado con la puñetera sensación de que se había dormido. Miró desesperado el reloj y suspiró aliviado. Quedaba media hora para que el primer despertador sonase. Por la noche apenas pudo pegar ojo y solo después de preparar encima de la mesita nada menos que tres despertadores, con bastante dificultad, pudo conciliar el sueño. Se incorporó y desconectó las tres alarmas. Belle, que estaba enroscado a sus pies levantó la cabeza y le miró desconcertado unos segundos, luego devolvió su cabecita encima de las patas. Pompilio salió del dormitorio dirección a la cocina, le cambió el agua al chucho y le llenó el bol con pienso. El ruido de las uñas del perro sobre la cerámica del piso, animado por el sonido de su comida llenado el cuenco, anunciaron al dueño de que ya no hacía falta llamarle. Se preparó para sí mismo un café y una tostada con mermelada de fresa, desayunó en el salón, enfrente de la tele y luego concienzudo se preparó para salir fresco y con tiempo de casa. Antes de marcharse bajó con Belle a la calle para que hiciera sus necesidades. Al llegar abajo inspiró una gran bocanada de aire matinal que le hizo toser al instante. Ya no estaba acostumbrado al aire fresco de las seis de la mañana, pero tenía dos semanas para hacerlo. Pasados 10 minutos ya estaban otra vez en el piso.

-Sé bueno, - le dijo al perro que le miraba intranquilo, meneando la cola. -Al mediodía vendrá Puri para sacarte a mear. “Como si me entendiera” se dijo luego para si mientras se agachaba y le daba un beso en el medio de su cabeza. Giró sobre los talones y salió.

De vuelta en la calle, mochila al hombro, medio feliz por la oportunidad, medio apenado por la brevedad de la tal, Pompilio se encauzó hacia la estación de tren. Era su primer día de las dos semanas de suplencia que le había conseguido Andreea en una empresa de administración. No era mucho, pero por lo menos era algo. Después de 45 minutos, la mochila y un paquete de nervios se bajaban del tren en la estación indicada por su amiga. Llevaba mucho tiempo en el paro, un tiempo en el que se había relacionado con apenas dos o tres personas, todas ellas conocidos, el hecho de tener nuevos compañeros empezó a hurgar en su ánimo más de lo esperado. 


Había llegado a su destino casi una hora antes, tiempo de sobra para sentarse en un banco, sacar el termo de la mochila y tomarse un vaso de manzanilla acompañado por el diario gratuito que le expendieron al salir de la estación. De vez en cuando levantaba la mirada para seguir las faldas cortas y los pantalones apretados de las jóvenes apresuradas que entraban o salían de la estación. Cuando acabó con el periódico le dobló perfectamente en dos y se lo guardó en la mochila seguido por el termo. Se puso de pie y antes de seguir hacia el edificio de oficinas, comprobó si no se había dejado algo sobre el banco o debajo de él. Fue entonces cuando al levantar la mirada, a unos veinte metros, caminando en dirección contraria, la vio. Elegante, como de costumbre, vestía una falda ajustada hasta las rodillas de color marón, zapatos de tacón alto y una camisa verde que sacaba en evidencia las líneas más que respetables, para su edad, de su cintura. La siguió contrariado con la mirada hasta que dobló en una esquina, desapareciendo de su vista. Pompilio se recuperó con dificultad de su asombro y desconcertado se acercó a su primer contacto con su nuevo y breve empleo.

La jornada laboral se le antojó bastante llevadera, los programas de trabajo, aunque no los mismos que él conocía, resultaron fáciles e intuitivos. Los compañeros bastante simpáticos, como de costumbre con sus chismorreos, sus risitas y sus bromitas subidas de tono. No se fijaron demasiado en él, solo al llegar, cuando, después de indicarle un responsable su mesa y explicarle un poco sobre sus quehaceres, se le ocurrió presentarse como si fuera el primer día de clase. Se acercó tímidamente frotándose las manos al centro de la estancia y con voz barítonal logró enmudecer por un instante la usual bulla de un lunes por la mañana:

-Hola a todos. Soy Pompilio.

Algunos levantaron las manos en forma de saludo, otros se le acercaron para presentarse pero en segundos, todos y cada uno volvieron a sus tareas. Le asignaron también un compañero que le ayudara si le surgiera alguna dificultad, pero después de comer, por la tarde, solo necesitó acudir a él en dos ocasiones. Los nervios de por la mañana solo le acompañaron un par de horas, luego, paulatinamente, se desvanecieron para no volver. Lo único que no se pudo quitar de la cabeza, ese primer día de trabajo, fue la sorprendente sorpresa de por la mañana. “¿Que hacía Puri a esas horas matinales, por esos lares?” fue la pregunta que le royó la sesera, como un ratoncito, durante todo el día.

Al llegar al portal, antes de subir a su casa, llamó a la puerta de su vecina, pero nadie le abrió. Bajaría mas tarde, pensó y se marchó. La pereza le acompañó durante la tarde, dejaría las preguntas para el próximo día, bajó con Belle a dar un paseo exprés y subió sin volver a pensar mas en el asunto. El martes, la misma rutina de por la mañana, pero salió media hora mas tarde, ya tenia controlados los tiempos y el itinerario. En la estación guardó el periódico en la mochila y se postró en un banco, justo delante de la salida del tren para que no se perdiera a Puri si es que volvía a aparecer. Apareció, a la misma hora, fresca y serena y Pompilio cual buitre, se lanzó a su encuentro.

-Hola vecina, que tal tú por aquí.

La cara de la mujer cambió al instante, su “Hola Pompilio” balbuceado delataba una incomodidad bastante evidente que a Pompilio no se le escapó, reforzando su teoría de que algo extraño estaba pasado.

-Entonces ¿a donde va usted a estas horas doña Purificación? -volvió a preguntar el hombre con tono suspicaz.

-A trabajar, a donde si no. - le contestó Puri un poco mas segura.

-A trabajar voy yo, y lo sabes pero tu no me dijiste nada de que trabajabas en algún sitio.

-¿Y por qué te tengo que reportar a ti que es lo hago y a donde voy? -le contestó la mujer ya totalmente recuperada. Voy a trabajar, - prosiguió Puri indicando con la mano hacia donde desapareció el día anterior. Y por cierto, se me hace tarde, y a ti también. Hasta luego. -y diciendo eso dio media vuelta y se alejó casi corriendo.

-Hasta luego, -gritó tras ella Pompilio con el misma incredulidad en su voz.


Si el lunes el hecho de ver a su vecina le comió el coco durante toda la jornada, el martes después de la sorprendente reacción de la susodicha, la mente intrépida de Pompilio empezó a maquinar a toda pastilla. Muchas fueron las posibles teorías descartadas, pero casi igual de muchas siguieron dando mareantes vueltas en su cabeza durante el día, la tarde y bien entrada la noche. Por la mañana, otra vez en la estación esperó a Puri, la saludó y solo la preguntó sobre el can, si no le daba mucha guerra sacarlo al mediodía. La mujer le contestó que no, que no era ninguna molestia y que se alegraba poder echarle una mano. Luego cada uno dirigieron sus pasos hacia sus respectivos destinos.

Los días que siguieron viendo que llegaban a la misma hora, en vez de esperar a la Puri en la estación de llegada la esperaba en la estación de salida. La vecina no se sorprendió. Durante el trayecto hablaron de todo, cotillearon pero ninguno mencionó el casual encuentro. Pasaron las dos semanas en un abrir y cerrar de ojos, pero las inquietudes de Pompilio seguían en el mismo sitio. ¿por que eludía Puri el tema de su nuevo trabajo? Hora de averiguarlo. El primer lunes después de que se acabara la suplencia aprovechando de que el abono transporte aun le daba para dos semanas mas, cogió el tren anterior al que solía tomar Puri y la esperó cual mal detective disimulando detrás de una farola. Puri apareció puntual, como cada día e impecable como siempre. Pompilio esperó a que se alejará un poco y luego dejó la farola a sus espaldas con los ojos pegados sobre el contoneo de las caderas de su vecina. No estaba mal, pensó, para su edad, y sonrió, pero al instante desvió la mirada de su trasero al sentir que algo dormido desde hacía meses despertaba sin control dentro del pantalón. Por el rabillo del ojo vio como se paraba delante de una chalet individual y llamaba al timbre. Luego empujaba la puerta metálica y subía las escaleras hasta el porche. La puerta de la casa se abrió al instante pero no pudo ver quien estaba detrás. Puri desapareció dentro y la puerta se cerró de un golpe. La emoción del descubrimiento del paradero matinal de Puri hizo que se olvidará del calentón que le provocó las curvas de su amiga anteriormente. Se acercó con el mismo mal disimulo al chalet para investigar si tenia algún letrero, pero no encontró ninguna pista que elucidara el misterioso trabajo de la vecina. Una voz dulce y empalagosa a sus espaldas casi le hizo perder el conocimiento.

-¿Vienes para la prueba guapetón?

Pompilio con la lengua hecha un nudo solo pudo articular un gemido. La rubia que tenia delante era despampanante: grandes pechos, profundo escote, largas piernas y falda corta casi inexistente.

-¿Has llamado o qué? -le volvió a preguntar la rubia indicando el timbre.

-Yo... consiguió articular Pompilio.

-¿Es tu primera vez haciendo pruebas como esta, verdad? Al menos veo que vienes preparado y con ganas- observó la chica señalando el bulto crecidito que punzaba el pantalón de lino de Pompilio. -No veas lo molesto que es tener que esperar desnuda allí delante de todo el mundo. No que me importe mucho estar desnuda, es por el puto aire acondicionado, que lo ponen a tope, -diciendo eso la rubia llamó al timbre.


Pompilio se quedó, esperó a que la puerta se abriera y entró tras la rubia. Un rotulo se encendió dentro de su cabeza.
Sexo... Sexo... Sexo... parpadeaba.
Sexo... Sexo... Sexo... no dejaba de parpadear.
Un buen polvo no le haría daño ni a el ni a nadie, pensó mientras en el rostro se le empezaba a dibujar una bobalicona sonrisa.

-Aquí viene uno, - señaló la rubia al entrar en un inmenso salón presidido por una enorme cama escoltada por dos mesitas de noche negras con sus correspondiente lamparas de diseño descansando sobre la madera.

-Eres el primero. Toma esta bata, pasa a ese cuarto y sal cuando estés listo- le indicó con un marcado acento ingles un joven que apareció de la nada.

Pompilio cogió la bata y casi corriendo entró en el cuarto indicado. Se quitó la ropa en un cerrar y abrir de ojos y salió otra vez, preparado para la batalla. El joven, que le esperó fuera, le preguntó.

-¿Estas preparado?

-Si- consiguió balbucear Pompilio.

-Bien, entonces cuando yo te diga te quitas la bata y entras en el salón. ¿Sabes como va, es leído el folleto verdad?

-Hombre... contestó Pompilio mirando al joven con cierta superioridad pero sin prestarle demasiado atención.

-Muy bien, pues quítate eso, -indicó la bata el joven, -y pasa.

-¿Ya?

-¡Ya!

En el salón, sobre la cama la rubia como dios la trajo al mundo, le miraba lascivamente mientras se acariciaba los pechos de manera sensual.

Pompilio corrió, voló y aterrizó sobre la cama. Le extrañó un tanto la expresión de sorpresa y desagrado de la rubia que le esquivó antes de que todo desapareciera y se quedará en una profunda oscuridad.

Cuando Pompilio volvió en si la cabeza le bombeaba y tenia mucho frío, la gente que rodeaba la gran cama estaba mas ocupada en calmar a la rubia que atenderle a él. Se llevó la mano a donde sentía las pulsaciones y se encontró con un gran chichón. La rubia aun con una de las lamparas de diseño hecha añicos en una de las manos le miraba con cara de asco. Estaba tan aturdido por el golpe recibido que no se dio cuenta de que alguien repetía su nombre en tono agudo mientras una mano extraña sujetaba la suya. Se giró hacia el sonido de su nombre. Los ojos grandes color avellana de Puri le miraban con sincera preocupación.


-¡Pompilio! ¡Pompilio! ¿Estas bien hijo?

-¿Pero que ha pasado? ¿Porque me ha golpeado la loca? ¿No es eso lo que teníamos que hacer? -logró articular por fin el hombre bajo las miradas acusadoras de los que rodeaban a la rubia.

-No hijo, no. Estos hombre solo están realizando un estudio para el Departamento de Investigación del Centro de Asesoramiento Pedagógico y de Orientación Sexual de Ottawa sobre la capacidad de los hombre de entre los 30 y 40 años de mantener una erección a temperaturas por debajo de los 10 grados mientras una mujer se les insinúa sexualmente. Nada mas que eso, un estudio.

Pompilio masticó la información durante unos segundos, luego con una media sonrisa, y con el dolor de cabeza reemplazado por una visión de lo mas perturbadora, preguntó a su vecina.

-Y tú... ya sabes... tú también te desnudas.


-No chalado, yo solo me ocupo de la base de datos - le contestó Puri medio riéndose. -Venga, vístete, que te llevo a casa.  

3 comentarios:

Ale ;) dijo...

Tal vez juntes más visitas de las que debes, pero es que no me canso de ver el conjunto de cuentos con dibujos.
Es toda una dicha, alegría y emoción lo que se conjuga cuando veo todo esto.

Un fuerte abrazo y que continué la aventura ;)

Sheol13 dijo...

Me pasa lo mismo Ale, estoy encantando con nuestro proyecto. Gracias otra vez por querer formar parte de ello. Un abrazo.

Alberto López dijo...

He vuelto a releer los relatos de Pompilio, curiosamente no me caso de hacerlo. Los dibujos me parecen estupendos.
Un saludo a Ale y a Sheol, espero seguir leyendo relatos sobre Pompilio y que Ale aporte su arte para deleite de los consumidores de las historias de Sheol.