jueves, 8 de julio de 2010

La fotografia

Después de varios intentos de convencer a mi gran amigo Alberto de que abriera un blog, lo unico que he conseguido ha sido que me dejara de vez en cuando algún relato corto suyo. Así que con su consentimiento, los publicaré , en mi blog.

                                                                   La fotografia

El mundo de mi fotografía es, como en casi todas las fotos que quieren decir algo, en blanco y negro.

Una habitación de paredes desnudas, se puede apreciar algún desconchón de pintura, los claroscuros se solapan entre dejando ver la podredumbre del habitáculo, en la pared central una apertura, debió de ser una ventana en tiempos, ahora sólo es una oquedad rectangular en la pared. En uno de sus laterales se observa un desconchón que deja ver los bloques macizos de adobe, más allá se ve algún tejado ocasional y el cielo un tanto oscuro, no es de noche, es como una tormenta que no acaba de arrancar nunca.

En el centro de la habitación hay una yacija, con unos harapos como mantas. La armadura de la cama es de hierro, el que la fabricó no buscaba lujos para su futuro dueño, sino dureza y permanencia en el tiempo, algo que dure para siempre. Sobre ella una mujer, un perfecto cuerpo femenino completamente desnudo. Está tumbada de costado mirando a todo aquel que ose mirarla. El brazo que le queda debajo del cuerpo lo usa de soporte para su cabeza, medio ladeada, no hay almohada. El otro brazo doblado hacia arriba, sujeta su pelo, esa melena corta, echándoselo hacia delante. Sus pechos no son muy exuberantes, pero tampoco son pequeños. Uno está tocando las feas mantas, el otro se gira hacia abajo sobre el primero, puede vérsele el pezón de este, tiene una liguera erección, seguramente hace algo de fresco en la habitación. Tiene la cadera ligeramente girada, dejando que su ombligo casi mire al techo, se ve un agujero vacío de luz en un vientre liso. La pierna de debajo, la tiene ligeramente flexionada, el pie hacia atrás. La otra, la de arriba, no está totalmente apoyada sobre el muslo inferior, sino que se arquea suavemente, la intención es clara como el agua de manantial que no se estanca, que corre libremente. Le muestra su sexo al observador. Un pubis retocado, sólo tiene una fila de vello que nace encima de los labios vaginales, esos labios que se pierden en la oscuridad de sus muslos. Muslos torneados, cual jarrón recién creado justo después de la cocción, cuando el barro aún está caliente y solo puedes verlo, no tocarlo. Su cara no es la de una muñeca de porcelana, su belleza no radica en lo perfecto de sus rasgos, sino en sus imperfecciones. Está mirando al espectador, la barbilla, ligeramente arqueada hacia su pecho, obteniendo así una mirada penetrante, así “con los ojos muy abiertos” para no perder detalle. Su boca no es demasiado sensual, pero su media sonrisa nos invita a no apartar la mirada de esos labios carnosos.

Ella es la luz, la belleza, el pecado, lo perfecto. El resto, la habitación, el camastro, son un mundo que se arruina poco así mismo, que se deteriora y que no se renueva; la ventana es una mirada al futuro, sólo se ve un cielo casi tormentoso, oscuro y sin un rallo de luz.

Ponerle título a la fotografía ha sido fácil, ELLA.

Alberto López Chorro.

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