domingo, 1 de agosto de 2010

Silencio

Silencio. Sólo había silencio. Oscuridad y silencio, no era habitual aquella tranquilidad, lo normal era que el ruido de los coches y de la gente por la calle entrase por la ventana, abierta para poder dormir en aquellas calurosas noches de agosto. Aquel silencio no era natural. La temperatura comenzó a subir, tumbado en la cama, dormido, sintió como el mercurio hacía explotar el termómetro ambiental que había en el salón, vertiéndose el líquido sobre el geranio que había justo debajo. El poco color verde que le quedaba a la planta le desapareció por completo, convirtiéndose en una planta amarillenta, muerta. El único cuadro que adornaba el salón, una fotografía de él y sus hermanos, comenzó a desencolarse por el calor. Cayó al suelo, rompiéndose el cristal en mil pedazos. La nevera había dejado de funcionar hacía horas, pudriéndose todo lo que contenía, el hedor empezaba a filtrarse, envolviendo poco a poco toda la cocina para seguir avanzando por el resto de la casa. Un ligero olor a plástico quemado entraba por la ventana. Quería levantarse, pero no podía, el sueño era más fuerte. La temperatura seguía subiendo, llevaba un rato sudando por todos los poros de la piel, se notaba incómodo pero no podía despertarse. La cama comenzó a temblar violentamente, los muebles también se movieron, el televisor se estampó contra el suelo, provocando una pequeña explosión, un segundo más tarde una gran explosión se producía en el piso de debajo, la sacudida le despertó por fin. Tosía, la estancia estaba completamente llena de humo y un olor pestilente. Se tiró al suelo en busca de algo de aire que respirar pero era imposible, arrastrándose se dirigió a la puerta y de ahí al salón, tenía que salir de allí, tenía que respirar. Los ojos le lloraban, no podía ver nada. Otra explosión. El suelo de la cocina desapareció, las llamas entraban a través de agujero que se acababa de producir en la cocina, subiendo más aún la temperatura del piso, por suerte para él, dos años atrás cuando hizo la reforma del apartamento, quitó el gas poniendo todos los aparatos eléctricos, incluida la cocina. La nevera comenzó a temblar, la puerta estaba abierta dejando salir aquel apestoso olor a podrido, en menos de un segundo, explotó. Debió de ser por el gas que se utiliza en estos electrodomésticos. Ya había alcanzado la puerta de la calle, estaba a un paso de salir de aquel infierno, agarró el tirador de la puerta y…

Un fuerte dolor le recorrió todo el brazo, no podía soltar el tirador de acero, bañado en oro, un esfuerzo mayor y los dedos le obedecieron, parte de la carne de los dedos y de palma de la mano se quedaron pegados, el dolor era insoportable, el grito le abrió los pulmones tragando humo. Sólo el golpe de tos pudo hacerle parar de gritar. Cayó de rodillas, dolorido, asfixiado, ciego. Seguía tosiendo, la falta de oxigeno le adormecía, se sentía cansado, cerró los ojos llorosos, con su mano izquierda sujetaba su muñeca derecha junto a su pecho, puso la frente en el suelo caliente. Silencio. Oscuridad. Nada.
Dos días más tarde, las investigaciones de los bomberos, dictaminaron que el incendio se produjo en la cocina del primer piso, posiblemente por un cigarrillo mal apagado, produciéndose dos explosiones, las dos en la cocina, la primera cuando alcanzó el fuego los conductos del gas, la segunda, por una bombona de camping gas, que el propietario del piso guardaba en un armario de la cocina. Sólo hubo un muerto, el vecino del segundo, que falleció al intentar salir de la vivienda.

El tabaco no sólo mata al que lo consume.

                                                                 por Alberto Lopez Chorro