sábado, 11 de enero de 2025

La gracia divina del enchufe celestial

Hay cosas que molestan, pero parece que sólo a los que no estamos tocados por la gracia divina del enchufe celestial. Como el caso de David Sánchez, hermano del presidente Pedro Sánchez, cuyo nombramiento como jefe de la Oficina de Artes Escénicas generó más preguntas que respuestas. No porque sea un genio desconocido de la gestión cultural, sino porque, según se dice, el señor no pisaba ni su puesto de trabajo. De hecho, ni siquiera tenía un despacho asignado.

Aquí es donde la indignación personal entra en escena. Yo, un simple mortal —mindundi, para ser exactos—, tengo al menos una mesa en mi trabajo. No un despacho con vistas ni un sillón ergonómico de cuero, pero sí una mesa con su silla "normal". ¿Por qué? Porque trabajo. Me levanto, me presento, hago lo que me toca y, de paso, justifico mi sueldo. Mientras tanto, otros parecen flotar en una nube de inmunidad laboral, cobrando como si fueran imprescindibles, pero sin dar señales de vida.

No es por ser malpensado, pero ¿de verdad no había nadie más cualificado para dirigir esa oficina? ¿O alguien con una poquitica gana de aparecer al menos de vez en cuando? ¿Alguien que no compartiera apellido con el presi? Ese puesto de "trabajo" en La Oficina de Artes Escénicas, ese misterioso ente, se ha convertido en un escenario de ironía pura: una obra de teatro con personajes que cobran por no actuar.

Bueno, al final, lo de David Sánchez no sorprende tanto como debería. En este país, el apellido correcto abre más puertas que un currículum impecable. Y mientras algunos seguimos apilando tareas en nuestras mesas sin despacho y sin vistas, los "hermanísimos" se dedican a no aparecer en el suyo. Porque, al parecer, trabajar está sobrevalorado.

¿Solo me molesta a mí? Quizás no. O quizás si.



miércoles, 18 de diciembre de 2024

¡Ay, la Navidad!

¡Ay, la Navidad! 

Esa época mágica del año donde la luz del árbol apenas logra iluminar la oscuridad de ciertos espíritus. Mientras las calles se llenan de luces y los villancicos resuenan por doquier, ahí están ellos: los aguafiestas profesionales, expertos en el arte de convertir cualquier celebración en un seminario de quejas.

Primero, tenemos a los certificados, esos que empiezan con su mantra: "Es que a mí no me gusta la Navidad por eso o lo otro". Sí, ya sabemos que odias el turrón, los villancicos, el espumillón y hasta hasta al Papa de Roma. Lo has repetido tantas veces que Santa está considerando dejarte carbón solo por cansino. Pero, ¿y si este año sorprendes al mundo y disfrutas de algo, aunque sea de un polvo... rón? Piénsalo.

Luego están los profesionales de la ingratitud, los que se quejan de la cesta de Navidad: "¿Solo esto? ¿Un queso y una botella de vino?" Querido desagradecido, ¿acaso esperabas que te incluyeran una estancia en las Bahamas y un vale por un año para cenas de lujo? La cesta es un gesto, no el Plan Marshall. Aprende a sonreír y agradecer aunque solo fuera una bolsa de almendras garrapiñadas.

Pero no olvidemos a los amantes de la jarana destructiva, esos que solo saben “disfrutar” si están abrazados a una botella. Porque, claro, parece que la alegría navideña no puede existir sin un buen coma etílico de por medio. ¿Qué tal si probamos un año sin emborracharnos hasta confundir a Papá Noel con un semáforo? Quizá descubras que el verdadero espíritu navideño no se sirve en copas, con hielo.

Ah, y aquí llega mi grupo favorito: los escapistas emocionales. Para ellos, nada dice "Feliz Navidad" como huir de casa para una fiesta con los amigos, dejando al pobre abuelo mirando el televisor apagado porque no sabe usar el Smart TV y a la abuela cocinando para una legión. Noticias frescas: el mejor fiestón no es el que tiene más ponche y reguetón, sino el que tiene más corazón, anécdotas viejas de un viejo cascarrabias y una abuela preocupada si ya comiste suficiente.

Y, por supuesto, están los quejicas filosóficos: "Es que la Navidad es demasiado comercial. Solo consumismo." Ah, sí, lo dices mientras sostienes tu smartphone de última generación, ese que te regaló el consumismo el mes pasado. ¿Podemos hacer un trato? Tú bajas un poco tu nivel de cinismo, y yo prometo no obligarte a comprar una bufanda nueva o unos calcetines navideños.

En resumen, si algo me molesta de la Navidad, no son las luces brillantes ni los villancicos repetitivos, sino esa gente que parece empeñada en ser el Grinch (con todo mi cariño por el personaje) del siglo XXI. La Navidad es lo que haces de ella. Puedes disfrutarla con risas sinceras, abrazos y comerte un mazapán o alguna que otra galleta, o puedes pasarte el mes entero encendiendo el fuego de tu propio mal humor.

Pero ¿sabéis qué? Que se quejen, si no pueden vivir de otra manera. Que refunfuñen, que gruñan, que tiren su bilis navideña al viento. Tú y yo seguiremos disfrutando, cantando villancicos desafinados, comiendo turrón como si no hubiera un mañana y abrazando a nuestros seres queridos. Porque, al final del día, la Navidad es un regalo. Y si hay algo más navideño que aguantar con una gran sonrisa a los quejicas, aún no lo he descubierto.

Felices fiestas a todos... incluso a los que se sienten aludidos y ahora mismo están pensando si insultarme o amarme...

¿Solo me molesta a mi?...


viernes, 6 de diciembre de 2024

La extraña pareja (Un cuento de Navidad)

La noche era densa, casi palpable. Las sombras se estiraban bajo el peso de la luna llena, que flotaba alta como una calavera colgando del cielo invernal. Los habitantes del mundo de los vivos celebraban una Navidad más, con risas huecas, falsos abrazos y promesas vacías envueltas en brillantes lazos rojos. Todos los años bajaba por el Árbol para espiar ese mundo paralelo al nuestro, observando con esa mezcla de repulsión y curiosidad que siempre me producía su extraña festividad. Aun así, el invierno no podía disfrazar la hipocresía de sus corazones. La Navidad estaba podrida, y nadie parecía notarlo.

Excepto yo.

Mis huesos crujieron bajo la nieve cuando me acerqué al Árbol de la Vida Navideño, el gran corazón de su mundo, su último refugio de esperanza... pero algo andaba terriblemente mal. El árbol, que en años anteriores había brillando, ahora se notaba enfermo. Las hojas, antaño verdes y resplandecientes, ahora eran grises, secas, caían al suelo como lágrimas de un espíritu moribundo. Cada ramita parecía implorar ayuda, pero nadie escuchaba. Nadie miraba. Ni siquiera Papá Noel, perdido en su propia burbuja de caos y superficialidad.

Solo yo.

Seguí el sendero marcado por el frío, buscando respuestas que no sabía si quería encontrar. Y entonces, el bosque susurró, o tal vez fue algo más oscuro que me arrastró hasta un portal escondido entre los árboles muertos. Algo extraño, algo... diferente. Atravesarlo fue como hundirme en un abismo de hielo y oscuridad.

Caí, literalmente, en una cueva. Estaba húmeda, helada, y desprendía un hedor de descomposición y desprecio. Cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra, lo vi: El Grinch. Había oído hablar de él y él también parecía conocerme, aunque no personalmente. Verde, huraño, con su rostro arrugado como un pergamino viejo lleno de odio hacia todo y todos, y sin embargo, allí estaba, mirándome con esos ojos amarillos y amargados que parecían compartir mi misma desesperación.

—¿Qué haces aquí, saco de huesos? —gruñó con su voz llena de ácido y desdén.

—Vine por el árbol —le respondí, sin rodeos. La conversación era inútil entre nosotros. Los dos lo sabíamos. Estábamos más allá de las palabras. El Árbol de la Vida Navideño se marchitaba, y solo alguien como él, que conocía el corazón podrido de la Navidad, podía entenderlo.

El Grinch bufó, una mezcla de rabia y resignación, y se giró hacia la oscuridad de su cueva. En el rincón más profundo, una ventana solitaria daba al exterior. Desde allí podía ver las luces de la ciudad, de la Navidad, chisporroteando como fuegos fatuos en la distancia. A ellos no les importaba. Ninguno sabía que el fin estaba cerca, que el árbol moría porque ellos mismos lo habían dejado morir.

—Está condenado —susurró el Grinch, más para sí mismo que para mí.

Pero yo no podía aceptarlo.

Le expliqué que el Árbol aún podía salvarse. Aún había una chispa de vida, apenas visible, pero allí estaba. Para restaurarlo, necesitábamos lo que la Navidad había perdido: auténtica bondad, no la basura superficial que la gente se intercambiaba como monedas de cobre. Él, como yo, sabía que esto era una causa perdida, pero algo, quizás el vacío que compartíamos en nuestros pechos, nos empujó a intentarlo.

—Haremos esto a nuestra manera, Grinch. No por ellos, sino por lo que significa la vida que queda en ese árbol.

Juntos, una pareja extraña pero inevitable, nos adentramos en la profundidad de la noche, donde las risas se transformaban en ecos y las luces de las casas parecían tan distantes como las estrellas en un cielo indiferente. Caminamos entre las sombras, mientras el aire se volvía cada vez más pesado, como si el mundo mismo reconociera que lo que estábamos por hacer no era un acto de amor, sino una ofrenda oscura. 

Llegamos al Árbol de la Vida Navideño. Estaba agonizando, con las ramas rotas y caídas, cubiertas de escarcha negra que lo envolvía como una mortaja. Sus raíces apenas latían con energía. El Grinch me miró, y pude ver en sus ojos el reflejo de una Navidad que él había rechazado durante tanto tiempo.

Pero no era esa la Navidad que salvaríamos. No la de los regalos, ni las falsas promesas, ni las sonrisas pintadas. Era la Navidad que quedaba oculta bajo la superficie, aquella que había sido devorada por las expectativas y el egoísmo.

Con nuestras manos —huesudas las mías, peludas y fuertes las de él— empezamos a arrancar las capas de corrupción que envolvían el Árbol. Dolía, sentí como si mis huesos se astillaran con cada movimiento, como si algo se resistiera desde lo más profundo de la Navidad misma. Pero el Grinch no se detuvo, y yo tampoco.

—¿Crees que funcione? —preguntó con un tono que no había esperado, un eco de esperanza en su voz áspera.

—No lo sé —respondí. Pero no importaba. No lo hacíamos por ellos. Lo hacíamos por lo que quedaba en nosotros, por la oscuridad que compartíamos y que, de algún modo, también era capaz de crear vida.

Al final, el Árbol exhaló una luz tenue, suave, pero verdadera. Las hojas volvieron a crecer, aunque débiles. No fue un milagro. No fue una celebración. Solo fue un suspiro de alivio en una noche interminable.

Nos quedamos allí, el Grinch y yo, mirando en silencio cómo la vida regresaba lentamente al Árbol, mientras el mundo seguía su curso sin notar el sacrificio.

La Navidad estaba a salvo... pero no por ellos. Nunca por ellos. 


lunes, 4 de noviembre de 2024

La chacha

 La señora Teresa era conocida en el vecindario por su rigidez y por su desdén hacia cualquiera que considerara inferior. Cada mañana, sus días comenzaban con el ritual de revisar minuciosamente el trabajo de su empleada de hogar, Rosita, una mujer mayor y callada a quien, según ella, le faltaban modales y sentido de la limpieza. Cualquier falta, por pequeña que fuera, la encolerizaba. El polvo en los estantes, una mancha en el espejo, o una arruga en las sábanas eran motivo suficiente para que Teresa lanzara sus dardos envenenados, solapados primero, pero hirientes con el paso de los días.

—¿No puedes hacer las cosas bien al menos una vez, Rosita? —repetía con voz cortante—. Ni siquiera mereces el techo que te doy. Posiblemente me busque otra chacha, mas joven, mas competente.

Rosita, una mujer delgada y pálida, siempre bajaba la mirada y susurraba disculpas, sin rechistar. Era un misterio cómo soportaba el desprecio diario de Teresa sin quebrarse.

Pasaron meses, y Teresa comenzó a notar algo extraño en la casa. Por las noches, cuando iba a acostarse, encontraba la cama deshecha, como si alguien hubiera estado durmiendo en ella. A veces, sentía una presencia a sus espaldas, un reflejo pasajero en el espejo del pasillo o unas sombras en los rincones. Teresa empezó a sospechar que Rosita estaba abusando de su hospitalidad, que dormía en su cama cuando ella no estaba o que deambulaba por la casa a escondidas. Decidió enfrentarla.

Una noche, después de pasar horas escondida en su cuarto, por si a Rosita se le ocurría usar su cama, escuchó pasos en la cocina. Dejó su escondite y bajó en silencio, y allí estaba Rosita, de pie, en la penumbra, con la mirada fija en la ventana.

—¡Así que es verdad! —gritó Teresa desde el umbral—. ¡Por eso, últimamente, la sabana de mi dormitorio está arrugada y las cosas desaparecen de la despensa! ¡Eres una malagradecida!

Pero Rosita no reaccionó. Simplemente se giró, con una expresión sombría y extraña.

—Señora —respondió con una voz apenas audible—, usted no entiende nada.

Teresa avanzó hacia ella, pero de pronto, un reflejo en la ventana la detuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta: solo había un rostro reflejado en el cristal y no era el de Rosita… era el suyo.

El corazón le dio un vuelco, y con un escalofrío recorriéndole la espalda, intentó recordar el momento en el que Rosita había llegado a su vida, el primer día que la había contratado, la primera vez que le había ordenado limpiar el polvo de los muebles. Pero, por más que intentaba, su memoria era un vacío, como si Rosita siempre hubiera estado allí, siempre obediente, siempre resignada.

Fue entonces cuando un recuerdo vago, como un susurro en la oscuridad, afloró a su mente: un espejo, una conversación consigo misma, noches de soledad y descontento, reproches que lanzaba al vacío, un médico que le advertía de los efectos del aislamiento...

La voz de Rosita se alzó en la penumbra:

—La maldad, señora, es solo la cobardía de quien no puede lidiar con su propia vida.

Teresa sintió cómo las palabras de Rosita le perforaban el alma, cada una de ellas era un eco, una recriminación. No había ninguna Rosita. Nunca la hubo. Ella había creado esa figura en su mente, una empleada a la que podía maltratar, una excusa para descargar su desdén, su soledad y su insatisfacción.

La imagen de Rosita comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo. Solo quedaba Teresa, sola en la cocina oscura, con el eco de sus propias palabras flotando en el aire y el peso de su propia amargura aplastándola.



jueves, 24 de octubre de 2024

No hay escapatoria...

 El viento aullaba al otro lado de las ventanas, pero dentro de la casa todo era silencio. Un silencio denso, casi asfixiante. Marta se sentó en el sofá, la luz tenue de la lámpara proyectaba sombras que parecían moverse por sí solas. Había estado sintiendo esa inquietante sensación desde hacía días. Algo invisible, algo intangible, parecía acechar desde las esquinas, siempre al borde de su percepción.

Tomó un sorbo de infusión de tila, pero no le calmó los nervios. Su mente estaba revuelta, atrapada en una espiral de pensamientos oscuros que no podía controlar. Se sentía vacía, como si algo dentro de ella hubiera comenzado a desvanecerse sin que se diera cuenta. Miró su reflejo en el cristal de la ventana y, por un momento, le pareció ver otra figura tras ella. Se giró bruscamente, pero no había nadie. Solo su propia respiración agitada llenando el espacio.

“No hay escapatoria”, murmuró, como si esas palabras hubieran surgido de algún rincón olvidado de su mente. Una frase que se repetía constantemente, susurrada por una voz que no era la suya.

La sensación de que algo la observaba se hizo más intensa. Se levantó de golpe, como queriendo huir de una presencia invisible. Corrió hacia el espejo del vestíbulo y, con la respiración entrecortada, lo miró fijamente. Allí estaba otra vez. La sombra detrás de ella. Pero esta vez no desapareció. Se quedó, inmóvil, observándola. Era una figura vaga, una silueta que se desdibujaba en la penumbra, como si estuviera hecha de humo.

Marta dio un paso hacia atrás, con el terror apretándole el pecho. El ser detrás del reflejo la imitó, moviéndose con ella. Entonces lo entendió. Ese espectro que la seguía, que la observaba desde las sombras, no era otra cosa que ella misma.

Pero no era la Marta que veía en el espejo cada mañana. No, era algo más oscuro. Una versión de sí misma que había crecido en las sombras, alimentándose de sus propios miedos y egoísmos. Era la suma de cada pensamiento mezquino, cada acto de crueldad que había cometido sin remordimientos. Un vampiro moderno, una criatura insaciable que había devorado todo lo bueno que quedaba en su interior.

Marta cayó de rodillas, las lágrimas resbalaban por su rostro. Ahora lo entendía. Vivía atrapada en una prisión que ella misma había construido, con barrotes formados por sus propias pestañas, cegada por su vanidad y su creencia de que era mejor que los demás. Había buscado siempre alimentar su ego, sin importarle el daño que causaba a otros. Y ahora, su esencia se deslizaba lentamente por el desagüe del tiempo, desvaneciéndose en la nada, mientras esa otra Marta —esa sombra, ese fantasma— la reemplazaba.

Los fantasmas que creía ver detrás de las cortinas, los monstruos que la acechaban en la oscuridad, siempre habían sido su propio reflejo. Ahora lo veía claro. Pero ya era demasiado tarde.

La sombra detrás de ella sonrió, una sonrisa vacía y cruel. Marta, la verdadera Marta, había desaparecido.




sábado, 5 de octubre de 2024

Te esperaré...

 La bruma se arremolinaba sobre el camino empedrado, engullendo la figura de Clara mientras avanzaba hacia la vieja casona. Sus pasos resonaban apagados, como si el aire mismo cargara un peso que no era de este mundo. Había venido cada otoño, durante años, esperando encontrarlo.

Él, Manuel, había prometido esperarla. "Te esperaré", había susurrado aquella tarde de verano, con una sonrisa que aún ardía en su memoria. Pero el tiempo había pasado, y las estaciones, como el viento, no se detenían por promesas rotas. Clara había aprendido que las palabras se desvanecen como el calor cuando llega el otoño, cuando las hojas caen y la vida se apaga.

La casona se erguía ahora frente a ella, oscura y silenciosa, con ventanas como ojos vacíos que parecían observarla. No había más luz que la de la luna, pálida y distante, pero Clara podía sentir su presencia. Lo había sentido durante todos esos años, susurrando entre las paredes, enredándose entre las sombras del bosque que cercaba la casa.

El aire estaba frío, y con cada paso que daba hacia ella, sentía cómo el otoño cubría sus huellas con un manto de hojas muertas. El suelo crujía bajo su peso, y el eco de ese sonido parecía susurrar su nombre, como si la casa estuviera viva, respirando su desesperanza.

"Manuel…" murmuró al viento, más como un ruego que como una llamada.

De repente, un suave toque en su hombro la hizo girar. No había nadie. Solo la penumbra y la tristeza. Pero sabía que no estaba sola. Él estaba allí, en alguna parte, escondido entre las sombras del tiempo que no perdona.

"Te esperaré", escuchó una voz de aliento empañando y aire helado.

Entonces lo vio, o creyó verlo, en el umbral de la puerta. Una figura espectral, envuelta en la tenue luz de la luna, apareció por un instante. Sus ojos, que alguna vez la habían mirado con amor, ahora solo reflejaban la distancia de los que ya no pertenecen a este mundo.

Clara se acercó, cada paso más pesado que el anterior, como si la muerte suave del otoño la detuviera. Sabía lo que significaba su presencia. Sabía que él la había esperado tal y como había prometido, pero no en la forma que ella esperaba. Él estaba atrapado en ese lugar, entre el mundo de los vivos y los muertos, aguardando algo que ella no podía darle.

Cuando al fin estuvo frente a él, los labios trasparentes de Manuel se movieron en un susurro que apenas rompió el silencio: "Si tardas, el otoño cubrirá mis huellas con hojas muertas… y el invierno helará los besos que perdimos por el camino".

Pero Clara aun no estaba preparada. Manuel la miró, con una tristeza infinita, y desapareció en la niebla fría de la noche, como el eco de un sueño olvidado. 



sábado, 28 de septiembre de 2024

El sol siempre espera tu sonrisa

 Cada mañana, Sofía seguía su pequeña rutina: se levantaba antes del amanecer, preparaba una taza de café, y luego, con el calor del sol aún por nacer, caminaba hacia el balcón de su pequeño apartamento. No importaba si el cielo estaba despejado o cubierto de nubes, ella sabía lo que debía hacer: mirar hacia el horizonte, hacia donde el sol siempre esperaba.

Su madre, antes de partir, le había dejado un consejo simple, casi como un juego: “Mira siempre hacia el sol, por la mañana, por la tarde, por la noche o simplemente cuando te apetezca o lo necesites. Te hará sonreír, porque te acordarás de mí. Aunque a veces esté escondido detrás de las nubes, está ahí… esperando tu sonrisa.”

Al principio, Sofía había tomado esas palabras como una manera dulce de aferrarse a la memoria de su madre. Después de todo, ¿cómo podría el sol, una estrella inmensa y distante, estar realmente esperando su sonrisa? Era solo una metáfora, algo poético que la hacía sentir menos sola. Sin embargo, conforme pasaban los días, empezó a notar algo diferente, algo inexplicable.

Una tarde, después de un día particularmente difícil en el trabajo, se desplomó en su sofá sintiéndose derrotada. Miró por la ventana, y el cielo estaba completamente gris. No había ni un rastro del sol, pero recordó las palabras de su madre: "Incluso detrás de las nubes, sigue ahí". Así que se obligó a levantarse y salir al balcón, aunque no veía más que un cielo apagado.

Al principio, no sintió nada especial. Solo una leve brisa que le acariciaba el rostro y el sonido de la ciudad a lo lejos. Pero después de unos minutos, mientras sus ojos vagaban por el horizonte, algo cambió. Sentía como si, a pesar de no poder verlo, el sol estuviera verdaderamente allí, justo detrás de esas densas nubes, observándola. Una cálida sensación se fue apoderando de su pecho, algo parecido a una caricia invisible, una compañía silenciosa que le hacía recordar no solo las palabras de su madre, sino la presencia constante de algo más grande, algo eterno. Y sin darse cuenta, una sonrisa surgió en su rostro.

Con el tiempo, Sofía adoptó este pequeño ritual de mirar al sol en los momentos de angustia o duda. No siempre podía verlo, pero eso ya no importaba. Aprendió que, al igual que el sol, la esperanza y el consuelo no siempre son visibles, pero siempre están presentes, esperando ser encontrados en los momentos más oscuros. Algunas noches, cuando el mundo parecía demasiado grande y frío, se permitía unos minutos bajo las estrellas, recordando que el sol regresaría al día siguiente, sin falta, como una promesa eterna de que todo pasaría.

Un día, una mañana cualquiera, el sol resplandecía en un cielo completamente despejado. Sofía se sentó en el balcón, cerró los ojos y dejó que la luz cálida bañara su rostro. Sonrió de nuevo, pero esta vez no era una sonrisa de consuelo. Era una sonrisa de agradecimiento, por el sol, por las nubes que le habían enseñado a confiar en lo invisible, y por su madre, cuyas palabras habían sido una guía luminosa a lo largo de su vida.

Al abrir los ojos, una ráfaga de viento suave le revolvió el cabello y, en ese instante, sintió como si todo el universo, desde las nubes hasta el sol escondido, estuviera sonriendo con ella.



jueves, 26 de septiembre de 2024

El tiempo

 El tiempo, esa misteriosa e incomprendida dimensión, parecía gobernar la vida de Laura con una tiranía impredecible. Había días en los que todo se disolvía en un parpadeo: los amaneceres se sucedían a los atardeceres con una rapidez tan violenta que sentía que estaba perdiendo algo, aunque no supiera qué. Lejos de dejarla respirar, el tiempo se le escapaba como arena entre los dedos, y el calendario se poblaba de fechas olvidadas, de promesas incumplidas.

Pero otros días, como hoy, el tiempo la torturaba con su lentitud exasperante. Cada segundo se arrastraba con la pesadez de una eternidad. Laura estaba sentada en el mismo sillón de siempre, en esa sala que había visto pasar su infancia, su adolescencia, y ahora, su adulta espera. Afuera llovía, las gotas golpeaban los vidrios con un ritmo tan monótono que parecían burlarse de su impaciencia. Miraba el reloj de pared como si de alguna manera, concentrándose lo suficiente, pudiera obligar a las manecillas a moverse más rápido. Pero no. Los minutos eran crueles, se detenían en el umbral del tiempo, como si supieran que en su quietud podían quebrar su espíritu.

Esperaba una llamada, una respuesta. Pero sobre todo, esperaba que algo cambiara. Sin embargo, no ocurría nada. Los días anteriores, su vida había transcurrido con una fugacidad incomprensible. Apenas había tenido tiempo para pensar, para sentir, para vivir. Las obligaciones del trabajo, las reuniones, las tareas pendientes, todo eso le había dado la ilusión de que avanzaba. El tiempo pasaba tan deprisa que no había podido detenerse a reflexionar si ese movimiento vertiginoso la estaba llevando a algún lugar.

Hoy, sin embargo, el tiempo se había plantado frente a ella como un juez implacable, exigiendo que enfrentara su verdad. No había más distracciones. Solo ella, el tic-tac del reloj y la incertidumbre de no saber si lo que esperaba iba a llegar algún día. ¿Cómo era posible que la misma dimensión que ayer la empujaba hacia adelante ahora se convirtiera en una celda inmóvil, en un muro que la aprisionaba?

La pregunta la atormentaba mientras el reloj seguía su curso indiferente. "¿Por qué pasa tan rápido cuando quiero que se detenga, y tan lento cuando deseo que termine?" En ese instante lo comprendió: el tiempo no era más que un reflejo de su propia conciencia, una ilusión que se moldeaba según el estado de su alma. Cuando corría sin descanso, el tiempo era una sombra imposible de atrapar; cuando se paralizaba, era un espejo que la obligaba a enfrentarse a lo que más temía: el vacío, la incertidumbre, la espera.

El teléfono, que había estado mudo durante horas, sonó de repente, rompiendo el silencio de la habitación. Laura lo miró con una mezcla de alivio y terror. Al contestar, la voz al otro lado le dio la respuesta que tanto había esperado. Y en ese instante, lo sintió: el tiempo volvió a moverse. No porque lo hubiera hecho realmente, sino porque su ansiedad, esa fuerza invisible que lo distorsionaba todo, se había calmado. Había aprendido que el tiempo no es más que una percepción, y que lo que realmente había estado esperando no era la llamada, sino el momento en que pudiera hacer las paces con la incertidumbre.

El reloj siguió su inmutable marcha, pero ahora Laura ya no estaba atrapada en su tiranía. El tiempo, ese extraño y esquivo compañero de vida, había dejado de ser su carcelero, para convertirse simplemente en lo que siempre había sido: un testigo silencioso del viaje interior que todos debemos recorrer.



jueves, 4 de enero de 2024

Maestro

Bueno...

Ya he visto Maestro…

Una película protagonizada por Bradley Cooper y Carey Mulligan sobre ciertos momentos de la vida del gran Leonard Bernstein. No entraré en detalles sobre si el señor Cooper debería haberle dado otro enfoque, tampoco diré que se vuelve cansina a ratos, no, no hablaré sobre ello, lo que si quiero destacar es un serio problema que tiene esta película, que es, que no encontré por ningún lado al guapo de Bradley sino a Leonard. No sé si es un clon, es su hijo, es un holograma pero se ve muy creíble, tan creíble y natural que al finalizar la escena de la recreación del concierto de la Sinfonía N.º 2 «Resurrección» de Mahler, en la catedral de Ely me levanté de mi butaca y aplaudí. No me dio vergüenza ni nada porque solo éramos dos gatos en la sala, la gente normal no ve esta clase de películas aburridas e insípidas, la gente normal se desmelena en conciertos de “artistas de verdad" con nombres de conejos.
En conclusión…
¡Maestro Bradley, a sus pies, gracias!
Apuesto que en un mundo justo, lejos de las estupideces de una sociedad en decadencia…
“And The Oscar Goes To…”

Maestro


martes, 31 de octubre de 2023

Domingo en la oficina

 Buenaaaas... Mi gente maravillosa, bella, hermosa!


😱DOMINGO EN LA OFICINA😱

🎃¡FELIZ HALLOWEEN!🎃

Creo que hoy es el día idóneo para compartir con vosotros este corto en el que participo.

Hemos puesto el corazón en él, como haremos en todos los proyectos que publiquemos. Optamos por un corto de Terror para Halloween como primer proyecto, género que nos gusta mucho. Espero lo disfrutéis.

BlissalorFilms y Sebastián Alias Sheol XIII os damos las gracias por vuestro apoyo.

Un beso...Un abrazo...