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jueves, 14 de abril de 2011

El recuerdo

Llegó a su casa cansada, después de una semana bastante estresante, hoy por fin había cerrado el acuerdo con la empresa de telecomunicaciones. Se quitó los zapatos en la entrada y empezó a deshacerse de la ropa mientras sus pasos la llevaban ansiosos hacia el baño. Abrió el grifo y se preparó la bañera como siempre, con el agua bien caliente y con un poco de aceite de lavanda, para relajar cada trocito de su cuerpo. Comprobó con los dedos la temperatura del agua y satisfecha con el resultado, se marchó a la cocina. Abrió la nevera y sacó la botella de vino que le había regalado una semana antes, por su cumpleaños, Lola, su mejor amiga, y la descorchó. Cogió una copa limpia del lavavajillas, la llenó con en el néctar color caoba claro y se la llevó consigo a la bañera.

Sin soltar la copa se metió despacito en el agua caliente, dejando que el calor y el aroma del agua se apoderara y relajara su cuerpo. Cerró los ojos y pensó en lo bien que había llevado todo el asunto y en la suculenta prima que inflaría su cuenta en los días siguientes. Estiró la piernas y le dio un sorbo al vino. Se quedó como en trance, el sabor agridulce un poco amaderado y afrutado, le era muy familiar, sin embargo, no podía identificar su origen. Apretó los parpados intentado recordar, intentando buscar alguna imagen que lo identificara, pero no pudo hacerlo. Abrió de nuevo los ojos mirando el color del preciado néctar, como esperado que le contara una historia. Ni siquiera se había fijado en la etiqueta, y ahora la botella descansaba misteriosa en la cocina, encima de la encimera.

Le dio otro sorbo y volvió a cerrar los ojos, lo aguantó en la boca un buen rato, saboreando el aroma del recuerdo, que borroso, se empezaba a materializar en su mente, como una antigua película en blanco y negro. Poco a poco la imagen empezó a coger color, a coger vida. Empezó a distinguir en el centro de la imagen una mesa redonda de madera, que descansaba bajo un gran roble y encima de ella, dos vasos llenos y una botella de vino de color amarillento. Había sillas también, exactamente dos y en una estaba ella, sentada, pero muy joven. Apoyado galantemente en el árbol, un bello joven la miraba y le sonreía. Le sonaba su cara, pero aún no la relacionaba con nada, así que sin pensarlo dos veces le dio otro sorbo al vino, intentando acelerar el recuerdo, porque era eso, un recuerdo, un recuerdo guardado en algún estante de su cerebro y que el vino había rescatado. Como un eco, como un disco antiguo y rallado, la voz del joven empezó a acariciar sus oídos y desde lejos, desde muy lejos, pero con una claridad de cristal, cada vez mas intensa, le dijo:


- Vamos, solo un trago, te prometo que no te arrepentirás.

- Te he dicho que yo no bebo, por favor no insistas más, le contestó enfurruñada.

El no insistió, cogió uno de los vasos y bebió hasta el fondo su contenido, luego se le acercó y sin avisar le robó un beso, le robó su primer beso. Fue así como descubrió a lo que sabían los besos, en ese primer caso, sabia como agridulce, amanerado y afrutado, sabia exactamente al vino que hoy había llenado su copa.
 
por Sheol 13