Él seguía allí, sin mover un músculo, en el mismo sitio donde había aparecido en el justo momento en el que ella cerró los ojos. Estaba de pie, un poco arqueado sobre la cama y la miraba como esperando un sonido, una sonrisa o un gesto que le avisara de que había llegado el momento. Ella, seguía en la misma postura, tendida sobre la cama y sus ojos como el ébano, ahora cerrados, temblaban debajo de los parpados, posiblemente por una pesadilla. Su pelo rojizo enmarcaba la tez pálida de su rostro y sus pecas, sus dulces pecas eran las notas musicales de su armónica belleza. Él, seguía mirando fijamente su rostro, amaba sus pecas, amaba su piel blanca y sus labios, esa curva imperfecta color rosita, un poco entreabierta siempre, como invitando a morder y bañarte en su calidez húmeda y reconfortante.
Se arqueó un poco más sobre la cama, como una sombra sin pies ni cabeza. Como sintiendo su presencia ella paró el juego de sus ojos, dejando que la tranquilidad se apoderara de sus facciones. Una sonrisa empezó a dibujarse sobre sus labios, dándole a su rostro un brillo casi transparente. Un pitido agudo y desagradable empezó a invadir la habitación. Había llegado el momento, el arqueo mas su espalda, dibujando con su cuerpo una especie de C deforme hasta que sus labios encontraron los de ella. Ella, abrió los ojos sorprendida del roce suave y el tacto cálido de unos labios que no le eran extraños, labios que tantas veces la hicieron ver el paraíso, labios que ahora la llevarían hacia otro mundo, desconocido para ella. Volvió a cerrar los ojos dejando que él y sus labios hicieran el trabajo.
Su cuerpo se elevó como una nube transparente pero colorida y sin soltarse de su beso y sin tocar nada se postró delante de él, en posición vertical. Le abrazó con todas sus fuerzas mordiendo con avidez su boca, que tanto echó de menos. El pitido cada vez se escuchaba mas lejos, menos molesto y mientras la habitación se llenaba de gente vestida de blanco y verde que se agitaba en torno a la cama, donde antes estaban, él y ella en un beso eterno se alejaban más y más, hacia una nueva dimensión, hacia una nueva vida, hacia el infinito. El pitido cesó y desde muy lejos, como un eco casi imperceptible percibieron la voz de tono apenado pero frió de una de las personas vestidas de verde. “ Hora de la muerte 13 horas y 13 minutos”.
Silencio.
por Sheol 13
