Lunes, 07:00 h de la mañana. Los acordes desconcertantes de Nothing Else Matters de Metallica llenan los pasillos del metro Alonso Martinez. Un guitarrista sentando en un taburete, mueve los dedos por las cuerdas de la guitarra con pachorra y con cara de asco. No toca muy bien, de hecho toca fatal. Me paro delante de el y le miro. Me sonríe con cierta ironía. Me marcho.
El mismo día. 13:30 h. Nothing Else Matters en el mismo pasillo, el mismo guitarrista y la misma inconstante y molesta cadencia. Paso de largo sin mirarle.
Todos los días durante dos meses aproximadamente, a distintas horas, Nothing Else Matters, el mismo guitarrista, la misma pachorra, la misma cara de asco.
Sigue tocando fatal pero las monedas llenan la funda de su guitarra. La gente es bondadosa o sorda o no pasa tan a menudo por ahí como yo. Por suerte o por desgracia no soy sordo y tampoco solidario si siento que alguien intenta poner a prueba mi sagacidad y paciencia.
Esta vez me paro delante de el.
"¡Al menos aprendete otra!" -le espeto.
Me mira con ojos vacíos y me sonríe.
Esa sonrisa llega hasta ese rincón desconocido e inexplorado del cerebro que supongo que todos tenemos pero desconocemos y me punza como si fuera la punta de un bisturí.
Apoyo el estuche en la rodilla y saco la flauta con manos temblorosas. Dejo el estuche abierto en el suelo y le miro fijamente a los ojos. El guitarrista no para de tocar, me sostiene la mirada y sonríe irónicamente. Levanto la flauta por encima de mi cabeza y con gran velocidad la bajo para asestarle un golpe seco en toda la sien, luego otro y otro y otro y luego paro. El cuerpo inerte del guitarrista yace en el suelo en extraña postura. La sangre le está tapando la sonrisa. Me agacho y le musito al oído...
"Este era mi sitio cabrón, este era mi sitio..."
