Pasé veces por ahí, muchas, pero hoy por primera vez vi que la ventana estaba abierta. Es un bajo. Parece que el olor tan peculiar que me acercó el viento hace unos segundos para acariciarme los pelillos de la nariz, sale por esa ventana. Frunzo el ceño cuando las cosquillas me llegan al cerebro. Me suena el olor, me recuerda a algo.
Cuanto mas me acerco a la ventana abierta la visión que se manifiesta delante de mis ojos se vuelve mas clara, mas cercana, mas palpable.
Ella está sentada en la vieja y chirriante butaca cosiendo, con las gafas en la punta de la nariz, a punto de perderlas. Me acerco mas, y también le veo a él, en el diván leyendo la prensa. Una lagrima se asoma a mi parpado derecho, no quiero llorar, así que presurosamente me alejo de esa ventana y la lagrima se detiene justo antes de brotar.
Solo es un olor, pero un olor que invade mis sentidos y llena mi memoria de recuerdos, de ellos, de mis queridos abuelos. Ese olor que sale por una ventana abierta como una mano invisible que sin permiso hurga en mi cerebro, es un olor a muebles viejos y a bizcocho recién horneado. La fragancia de mi infancia, recuerdos de tiempos felices, otros tiempos, otra vida, otra gente.
Me alejo mas, y todo se vuelve mas borroso, distingo aun las siluetas de los que solo viven en el recuerdo y me enfurece que ya no están, que se han ido, que me han dejado solo. Me alejo mas y desaparecen.
Mientras camino siento como un gran trozo de granito invisible cubierto de musgo se va incrustando en mi corazón. Es el recuerdo, es el saber que solo es recuerdo, que nunca será otra cosa que un recuerdo y lo cargo sin rechistar toda la jornada, toda la semana, porque no sé pasar pagina, no quiero pasar pagina. No me importa si pesa, si duele, mientras exista y resista el recuerdo, mientras viva, mientras ellos vivan en un olor a muebles viejos y a bizcocho recién horneado, yo lo seguiré cargando.
