La llamó varias veces, pero no estaba. Se marchó.
Al día siguiente por la mañana volvió
y la llamó de nuevo. Tampoco estaba. Se marchó.
El mismo día por la tarde regresó
para llamarla de nuevo. Seguía sin estar.
Durante los siguientes y últimos 10
años de su vida, cada mañana y cada tarde la llamaba.
En vano, las
palabras se estrellaban sin eco contra la fría lapida blanca.
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| Añoranza |
